Como si fuera un matrimonio –de conveniencia–, durante estas semanas
la Unión Europea y Marruecos tienen prevista la renovación de sus votos,
o no. En concreto, se está dilucidando en mesas separadas si se
mantienen los acuerdos pesqueros y agrícolas que tantas repercusiones
tienen sobre los sectores rurales de Marruecos, del Sáhara Occidental y
de algunos países europeos, fundamentalmente España.
Por un lado, a finales de mes finaliza el acuerdo vigente en pesca que
permite a 119 licencias de pesca de barcos europeos faenar en las aguas
de Marruecos. De entre ellas, cien le corresponden a la flota española.
Europa, paga –pagamos– 36,1 millones de euros para que los buques puedan
pescar en esos caladeros, incluyendo las aguas territoriales del Sáhara
Occidental. Las últimas informaciones explican que la Comisión Europea
ha propuesto formalmente prorrogar el acuerdo de pesca por un año,
tiempo necesario para evaluar y analizar sus consecuencias. Ahora queda
la ratificación de los 27 estados miembros y la del Parlamento Europeo
para que un convenio más que dudoso continúe o no vigente.
Y digo dudoso porque son muchas las voces que apuntan hacia su
ilegalidad. De entre todas las voces que lo cuestionan destaca el
informe legal del propio Parlamento Europeo que determinó hace más de un
año que el acuerdo vigente no respetaba el derecho internacional,
porque la población saharaui, de cuyas aguas se extraen muchas riquezas,
no se beneficiaba del mismo. Lo mismo expresan, lógicamente, los
representantes del Frente Polisario ante la Unión Europea. Si existen
dudas que atentan contra el derecho de un pueblo, y de una población muy
empobrecida y castigada, ¿no tenemos otra postura que seguir por la
senda de las incógnitas? Si el Parlamento está en lo cierto, me
parecería más sensato paralizar el acuerdo mientras se analizan todas
sus repercusiones, y no al revés.
Lo contrario ha sucedido con la revisión del acuerdo agrícola entre
Marruecos y la Unión Europea que, a grandes rasgos, consiste en el
aumento de la liberalización del comercio para que los productos
agroalimentarios puedan fluir con más facilidad entre las dos regiones.
La comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo decidió el
pasado 8 de febrero atrasar los trámites para la ratificación de un
nuevo marco, por considerar que Bruselas debe aclarar antes las dudas
jurídicas que despierta el acuerdo sobre los territorios del Sáhara
Occidental, si –como en el caso de la pesca– tanta liberalización
comercial beneficia realmente a la población local y si esos son los
intereses reales de la población del Sáhara Occidental.
En el caso de la agricultura, además del conflicto legal con las tierras
saharauis –donde desde 1989 ya hay firmas extranjeras, como la francesa
Azura, cultivando tomates bajo plástico que se comercializan en la
Unión Europea–, los propios estudios de impacto elaborados por la
Comisión Europea advierten de que más liberalización comercial en el
área Euromediterránea tendrá unos grandes perdedores. En Europa, y
especialmente las regiones del Sur especializadas en la producción de
frutas y hortalizas, no podrán afrontar la competencia de los vecinos
del Mediterráneo, y la ya mermada población agraria sufrirá un nuevo
envite. Joves Agricultors i Ramaders de Catalunya ya ha hecho sus
primeras estimaciones: “Los aranceles, por ejemplo, se reducirán un 30%
en cítricos y la naranja de Marruecos tendrá un precio de entrada de
0,264 euros/kg, cuando el coste de producción del catalán es de 0,514
euros/kg”.
Por otra parte, en su especialización en estos productos para la
exportación, países como Marruecos irán perdiendo su propia soberanía
alimentaria ante el abandono progresivo de sus propias producciones, con
lo que supone de vulnerabilidad frente al vaivén de los mercados, como
hemos podido comprobar en las recientes crisis de Túnez y Egipto. Y de
nuevo, tampoco estos acuerdos liberalizadores beneficiarán a la
población campesina local. El falso mito de la exportación como fuente
de riqueza se volverá a evidenciar. Marruecos ya exporta a Europa, pero
no lo hacen los pequeños campesinos sino los hacendados, inversores y
exportadores –tanto magrebíes como europeos– con modelos
industrializados que abaratan costes a base de reducir puestos de
trabajo, disponer de mano de obra en condiciones de miseria, con
sobreexplotación de los recursos hídricos y sin respetar medidas
medioambientales suficientes para garantizar la sostenibilidad del
suelo. El 20% de la superficie fértil marroquí ya está orientada al
cultivo industrial para la exportación, y en la medida que se fomente,
como ya se está haciendo a través del Plan Marruecos Verde, supondrá más
beneficios para sus dueños: miembros de la familia real, empresarios
locales y compañías españolas y europeas que han deslocalizado sus
producciones (por ejemplo, el 80% de la exportación fresera marroquí
está en manos de empresarios españoles). Esto reducirá las oportunidades
del gran número de pequeños agricultores y agricultoras que han
garantizado hasta la fecha la seguridad
alimentaria de la población local.
Dice Abdellatif Laâbi que “Marruecos está gestionado como una
multinacional cuya finalidad es el enriquecimiento ilimitado de sus
principales accionistas (…)”. Si la sociedad civil, la que no se
beneficia de estos negocios, sale a la calle como sus países vecinos,
¿qué argumentos manejará el Gobierno de España, desposado con esta
multinacional?
Por Gustavo Duch, coordinador de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’.
Ilustración de Patrick Thomas
Fuente: Publico.es
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