Mohamed VI, rey de Marruecos, que heredó una monarquía absoluta en la que se le considera "sagrado", prometió a quienes le pedían democracia una reforma de la Constitución. Necesitaba de alguien que le asesorara para ser un rey más terrenal, y quién mejor que el monarca español.
De todas las reuniones que han mantenido Juan Carlos I y Mohamed VI desde que el rey marroquí accedió al trono en 1999, la más extraña de todas ellas se produjo el pasado mes de mayo en Marraquech. Fueron seis días de visita privada del monarca español, del 4 al 9 de mayo, que sirvieron oficialmente para superar los “últimos malentendidos”, según dijo Rabat, y mostrar la solidaridad española con Marruecos tras el brutal atentado del 28 de abril contra la turística Argana, que dejó un saldo de 17 muertos y una veintena de heridos.Pero seis días dan para mucho. El 4 de mayo fue una jornada intensa para don Juan Carlos, aunque finalmente algo menos de lo habitual. Por la mañana recibió en audiencia a Josep Antoni Duran i Lleida, portavoz parlamentario de CiU, y por la tarde se desplazó a Marraquech. Aquella noche cenó con Mohamed VI tras una reunión con el primer ministro marroquí, Abás El Fasi, los titulares de Defensa e Interior y altos mandos militares. Hablaron de España y de los fallecidos una semana antes en el atentado. Pero también lo hicieron sobre las llamadas telefónicas que los dos reyes se habían hecho desde febrero a raíz de los anuncios del monarca alauí sobre cambios incluso en la Constitución.
Por aquellos días, don Juan Carlos estaba en el centro de una ola de rumores sobre su presunta debilidad física. Una dermatitis le hacía aparecer con una barba sin arreglar poco habitual en él. Sus problemas en una rodilla le habían llevado a delegar en el Príncipe la presidencia de actos militares. El viaje a Marraquech, oficialmente privado, le iba a servir de descanso. Pero quien no dormía muy bien era Mohamed VI. Se había comprometido con su pueblo a modificar la Constitución para evitar que se extendiera por su país la semilla de las revueltas árabes. Era necesario un golpe de efecto que hiciera creíbles las reformas y para ello pidió consejo a su hermano mayor de España.
A poca distancia.
Don Juan Carlos pulsó la opinión de las principales autoridades marroquíes en aquellas primeras horas en Marraquech y se quedó alojado en el palacio de Jnan Kébir, un lugar idílico, situado a escasos diez kilómetros del palacio real de Mohamed VI. Solo le acompañaban un discreto servicio de seguridad y un par de personas más que le mantenían la logística de comunicación con España. En ese mismo palacio habían estado hace ahora año y medio el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y su esposa, Carla Bruni. La pareja hizo entonces alguna excursión diurna y más de una nocturna, pero don Juan Carlos se mantuvo en el interior del complejo cuatro días seguidos con sus cuatro noches. Aparte de descansar y reponer fuerzas, dedicó parte de su tiempo a preparar su ayuda concreta a Mohamed VI para que pudiera acometer la reforma constitucional.De los siguientes cuatro días nada se ha contado de forma oficial. ¿Se vieron ambos monarcas en el palacio de Jnan Kébir durante ese tiempo? Todo parece indicar que sí. Lo cierto es que el Rey iba a volver a España en la mañana del domingo, día 8, pero se quedó un día más y el viaje dio un cambio de rumbo. El Rey pidió a La Zarzuela que le enviaran un equipo de apoyo, porque lo que había empezado como visita privada iba a acabar con una apariencia más oficial.
De esta forma hubo paseo en el vehículo real que llevó a los dos monarcas hasta el palacio de Mohamed VI. Allí hubo el tradicional recibimiento marroquí con leche y dátiles, y finalmente hubo una fotografía oficial de los dos despachando. Era la puesta en escena de algo que se había mantenido en secreto: el asesoramiento de don Juan Carlos para los principios básicos de la reforma constitucional de Marruecos. A partir de ahí solo faltaba ponerlos en un texto articulado y presentarlos a los partidos políticos y la sociedad marroquí en el momento oportuno.
Primavera árabe.
Mohamed VI se había visto sorprendido por la primavera árabe y su efecto en Marruecos a través del Movimiento 20 de Febrero, que congregó a amplios sectores de la población del país para reclamar más democracia. El 21 de febrero prometió a su pueblo el inicio de un proceso que él mismo definió como de “reformas estructurales”. De ellas tenía previsto hablar con don Juan Carlos cinco días después en Kuwait, donde ambos coincidirían en los actos por el 50 aniversario de la creación del pequeño emirato, pero el monarca alauí faltó a la cita porque las protestas iban a más en Marruecos y decidió quedarse.Pocos días después, Mohamed VI volvió a la palestra pública para prometer esa vez una profunda reforma constitucional. Era el 9 de marzo y el rey Juan Carlos volvió a llamar a su homólogo marroquí para animarle a continuar por esa vía. Ambos quedaron en hacer hueco para poder verse y hablar de estas reformas. Mientras, Mohamed VI encargó a una comisión presidida por Adelatif Menuni, un conocido jurista marroquí, la elaboración de un proyecto de reforma que debía estar preparado en el plazo de tres meses. Por lo tanto, los dos reyes tenían hasta el 10 de junio para poder intercambiar opiniones sobre la reforma. Y así se hizo. Un mes antes de que Munani acudiera al palacio real marroquí a entregar su documento, Mohamed VI ya tenía esbozado su propio borrador, al que habían contribuido las opiniones de don Juan Carlos.
Lazos de amistad.
¿Por qué la ayuda del rey de España en esos momentos? Las Coronas española y marroquí están unidas por lazos de amistad que han permitido que don Juan Carlos sea una especie de hermano mayor o tío para Mohamed VI. Esta relación cuasi familiar decantó la balanza hacia el lado español cuando Sarkozy se ofreció a ayudar al rey de Marruecos a salir del atolladero en los días difíciles de la primavera árabe. Pero surgieron problemas: Francia es una república y el Gobierno galo mantuvo posiciones contradictorias en las revueltas del vecino Túnez, país magrebí como Marruecos que alcanzó la independencia en los mismos años que el reino alauí.De modo que Mohamed VI miró hacia su vecino del otro lado del Estrecho. Además, los consejos del monarca español no son baladíes, pues él mismo impulsó la Transición democrática al renunciar a los poderes heredados de Franco en 1975 y que le habían convertido en un rey prácticamente absoluto.
Mohamed VI quiere seguir siendo rey, pero sabía que para que la comunidad internacional no se le echase encima del todo y acabase arruinando sus proyectos de anexión del Sáhara, debía bajar a la tierra y evolucionar hacia el sistema español. En un país de tradición musulmana como el suyo, es muy difícil desligar religión de política sin hechos sangrientos o golpes palaciegos. El artículo más controvertido de la última Constitución marroquí de 1996 era el 19, dedicado a la persona del rey y que le otorgaba a este un poder omnímodo, al ser una figura “sagrada” cuyos actos no se podían poner en cuestión. En el nuevo redactado de la Carta Magna, Mohamed VI ya no será “sagrado”.
Fijado el principio de un rey más terrenal, quedaban algunas cosas por hacer en las que la Constitución española y, sobre todo, el modelo de monarquía parlamentaria consagrada en ella podían servir de inspiración a Mohamed VI. Junto a la eliminación del carácter divino, el monarca alauí introdujo en la reforma constitucional una figura jurídica recogida casi textualmente igual en la Constitución española: la inviolabilidad del jefe del Estado, que no es responsable penal de ningún acto de gobierno. En todo caso lo serían quienes firman junto a él los decretos o las leyes.
Así, el rey de Marruecos será “inviolable”, pero cede parte de sus competencias al primer ministro, que tendrá la denominación de presidente del Gobierno –otra referencia al sistema político español-, y al Parlamento, que tendrá más poder. Además, se crea una dualidad en su figura al estilo de los reyes de Inglaterra: por un lado mantiene la consideración de Amir al muminin o “Comendador de los creyentes”, es decir guía religioso de los musulmanes marroquíes, y, por el otro, se fija un nuevo estatus como “jefe del Estado” y “árbitro supremo” que vela por la preservación de la democracia, una terminología propia de las monarquías europeas.
Libertad religiosa.
Otro aspecto importante de la reforma es que Marruecos se define como un “Estado musulmán”, una de las reivindicaciones de los islamistas, aunque ese giro se compensa con el compromiso del monarca de garantizar la libertad religiosa. Como la separación repentina y total de religión y política es muy complicada, la nueva Constitución marroquí mantendrá el discurso ancestral de que un musulmán no puede cambiarse de creencia. No se reconoce, pues, la libertad de conciencia, pero el texto nuevo reconoce oficialmente el derecho a que el Estado proteja a quienes profesan otra religión y quieran ejercerla. Dista mucho de la aconfesionalidad de España, pero esta libertad religiosa “es un paso importante”, señala una persona conocedora del proceso.Nueva lengua oficial.
Tampoco le gustaba al islamista Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD) la inclusión del amazig o bereber como segunda lengua oficial, una petición histórica de los oriundos que habitan en el Rif y la zona del Atlas. La oficialización de esta lengua se pondrá en marcha dentro de un proceso “escalonado”, mediante una ley reguladora que fije las modalidades de su incorporación a la enseñanza y a los sectores “prioritarios de la vida pública”, según explicó Mohamed VI.Pese a todo, Mohamed VI seguirá teniendo la potestad de nombrar a los militares en su calidad de jefe de las Fuerzas Armadas marroquíes, con lo que se garantiza la fidelidad de un generalato que se levantó en armas contra su padre a comienzos de los setenta. Probablemente la mayor aportación de don Juan Carlos fue su consejo de fortalecer la figura del primer ministro, que a partir de ahora se denominará “presidente del Gobierno”, como en España.
Ese futuro jefe del Ejecutivo marroquí será nombrado por el rey, al igual que en España, pero saldrá del partido más votado en las elecciones parlamentarias. El modelo se pondrá en marcha en octubre tras unas legislativas que aún no tienen fecha. Una vez nombrado, el presidente elegirá a sus ministros, aunque el monarca mantendrá su derecho de elección con los de Defensa y Exteriores.
Marruecos se embarca en una separación de poderes imperfecta. Corta, según críticos como los del Movimiento 20 de Febrero, pero es el paso de apertura política “más importante que ha dado Marruecos en toda su historia”, según señalan fuentes que han seguido el proceso.
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