Bahia Mahmud Awah nació en 1960 en la región sur de Tiris, Auserd. Después de estudiar seis años en Cuba, regresó a los campamentos donde dirigió las programaciones en español de la Radio Nacional saharaui durante cuatro años. Hizo estudios de periodismo y teoría de la traducción en España y trabajó en proyectos de difusión de noticias y cultura. Participa en las actividades del grupo de cultura saharaui Suerte Mulana y es miembro fundador de la Generación de la Amistad saharaui.
Un poema eres tú
Una mujer entre rejas gritó:
¿Qué es un poema?
Y un poeta desde su exilio le respondió:
Eres tú.
Nosotros, la fuerza, la razón de un verso y un poema.
¿Qué es un poema?
Y un poeta desde su exilio le respondió:
Eres tú.
Nosotros, la fuerza, la razón de un verso y un poema.
Los libros
Los libros me hablaron de nefastas e injustas guerras.
También me enseñaron cómo odiarlas, cómo repudiarlas.
Los libros me condujeron a las entrañas de mi siglo.
Porque he visto poetas jornaleros,
poetas jardineros, poetas cristaleros.
Poetas que avivan las letras donde el cielo abraza
la inmensidad de los desiertos.
Pero también he visto que la palabra
de un poeta jardinero
equivale al precio de un tulipán en Constantinopla.
También me enseñaron cómo odiarlas, cómo repudiarlas.
Los libros me condujeron a las entrañas de mi siglo.
Porque he visto poetas jornaleros,
poetas jardineros, poetas cristaleros.
Poetas que avivan las letras donde el cielo abraza
la inmensidad de los desiertos.
Pero también he visto que la palabra
de un poeta jardinero
equivale al precio de un tulipán en Constantinopla.
Esperando en el camino
Más de treinta años saludando
el paso indiferente
de muchas caravanas
que no se fijaban
en mi rostro ya dilatado por los
años de espera.
Nadie dijo,
pobre confinado en la inmensidad
de su espera.
Tampoco supieron decirme
muerto
en el camino.
Al paso de sus caravanas les agito
mis firmes brazos
convencido
y seguro como una estatua de la libertad
que los tiempos no han podido derribar.
el paso indiferente
de muchas caravanas
que no se fijaban
en mi rostro ya dilatado por los
años de espera.
Nadie dijo,
pobre confinado en la inmensidad
de su espera.
Tampoco supieron decirme
muerto
en el camino.
Al paso de sus caravanas les agito
mis firmes brazos
convencido
y seguro como una estatua de la libertad
que los tiempos no han podido derribar.
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