No quedan ilusiones. La historia de la política española para y con el Sahara se basa exclusivamente en la indignidad. Desde que en 1476, Diego García de Herrera, señor de Lanzarote, fundó el fuerte de Santa Cruz de la Mar Pequeña hasta que un “preclaro” Rubalcaba recibe al inspirador material de la última matanza. Pasando por el entreguismo criminal del gobierno de los últimos días de Franco y continuando con las “acongojadas” administraciones de Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González, Aznar y Zapatero.
Todos son culpables del genocidio porque a efectos legales y para la ONU, aun hoy, España es la potencia administradora de su antiguo territorio colonial. Y todo son incumplimientos. Del tratado de Madrid del 14 de noviembre de 1975, del tratado entre Marruecos y Mauritania de 1979, del Alto el Fuego de 1991 entre Marruecos y el Frente Polisario, del referéndum nunca celebrado y acordado en 1992, de los planes Baker 1 y 2, de la Resolución 1945 del Consejo de Seguridad de la ONU.
Y están los dos mil kilómetros de muro, y las minas antipersona, y las detenciones, los registros, las torturas… y los muertos. De hambre, de insalubridad, de vivir al sol del desierto, de carecer de todo y no tener el amparo de nadie.
Y una gran indignidad lo rodea todo. Al fondo no hay nada más que una nueva guerra colonialista, unos intereses por un producto – 500 dólares la tonelada de fosfato- que ha hecho a Marruecos tener “afán” por un territorio sobre el que nunca lo tuvo, y los USA detrás, apoyando e intrigando.
Y España, apagado cualquier eco de grandeza histórica, consintiendo todo y a todos. Da igual franquistas, socialistas o populares. Todos transigen, todos claudican, todos cómplices. Juan Carlos de Borbón, cuando aun era príncipe, dijo que “nunca abandonaría al Sahara”. Y la actual Ministra de Exteriores, en un mitin celebrado en Madrid que “ los saharauis siempre van a tener el apoyo de nuestro partido”. Menos mal.
Si la vergüenza y la indignidad tuvieran un ranking estaríamos a la cola. Puede llegar un día que nos de igual quien gobierne. No habrá nada más que una política, con los mismos ganadores y los mismos perdedores.
Y una gran defecación llenándolo todo.
Fuente: Periodista en espanol
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