Se cumplen cuarenta años de la creación del Frente Polisario, el equivalente saharaui a la OLP de Palestina. En este tiempo han pasado muchas cosa. España evolucionó hacia una democracia, cayó el muro de Berlín, pero se construyeron otros, como el de Israel o el del propio Sáhara. El islamismo radical ha ido avanzando en las zonas perimetrales: Malí, Níger o sur de Argelia. Hemos visto cómo el papel de la ONU es cada vez menos operativo, convertido en una mera fábrica de declaraciones de intenciones, sin fuerza ni peso para llevarlas a cabo. Además de que, a la inexistencia de bloques confrontados, existe un interés desmedido por contar con un privilegiado acceso a recursos minerales, pesqueros y energéticos, lo que relega a un segundo plano cualquier componente moral, histórico o legítimo, sobre los pueblos y sus ciudadanos. Ese es el escenario de las Relaciones Internacionales actuales, lo que deja a ese pequeño pueblo africano como un barco a la deriva, sometido a los envites de las potencias, sin más futuro que el que los demás tengan a bien prepararle en base a sus propios intereses.
Todo ello hace que sus reivindicaciones sigan igual de vivas y actuales.
Y aunque pueda parecer una paradoja, una solución definitiva con un Sáhara independiente en un territorio propio y viable sería una fuente de estabilidad en la zona. No olvidemos que Marruecos no ha conseguido, después de casi cuarenta años, una anexión plena. Al contrario, le supone un coste enorme tanto en gasto militar, como en la colonización por sus nacionales del territorio, y en la búsqueda de aliados internacionales a sus aspiraciones.
En ese aspecto, los logros han sido escasos, y su legitimidad a base de vender recursos saharauis tampoco le ha funcionado demasiado. Por ejemplo, España tiene todavía encargada la salvaguarda marítima de las aguas del Sáhara por parte del Derecho Internacional.
Al final, un Sáhara independiente les permitiría a sus ciudadanos (y a los marroquíes) un futuro en paz y estabilidad. Se acabaría con la dispersión, los campamentos, la malnutrición, la guerra, las violaciones de derechos humanos. Porque al final sigo creyendo que las personas son, en definitiva, buenas en sí mismas, y todos buscamos, sea cual sea la parte del mundo que habitemos, más o menos lo mismo: un lugar seguro para darle lo mejor a nuestros hijos. Algo tan simple y tan ansiado a la vez.
Por Víctor Rodríguez
Fuente: huelvainformacion.es
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