Un marroquí alza un cartel que reza: «Ben Ali + Mubarak a la basura. ¿Quién sería el siguiente?» |
La calle presiona a Mohamed VI, la figura sagrada que concentra todo el poder, para que democratice el país
Ni los más agudos analistas habían previsto hace pocas semanas que Ben Alí, el presidente tunecino, y Hosni Mubarak, el egipcio, estarían hoy defenestrados. Ante este nuevo escenario, los habitantes de otros países de la zona quieren también tirar del carro de la revolución. ¿Y Marruecos, tira con ellos?, se preguntan muchos. El régimen marroquí no es el mismo que el tunecino o el egipcio. Es, esencialmente, una Monarquía asentada desde hace varias generaciones. Pero esta particularidad ni lo convierte en una democracia ni lo mantiene aislado de los anhelos democráticos que expresan unos ciudadanos que se sienten apartados de lo que se cuece en las altas esferas de poder.
En la tarde del pasado viernes unas 200 personas se manifestaron en Rabat al grito de «abajo la dictadura».
Pero claro, era en una marcha en apoyo al pueblo egipcio. El objetivo en el reino alauí no es tanto tumbar al Rey Mohamed VI como vivir mejor. Lo desean las clases medias cada vez más formadas en las universidades que reclaman más democracia y menos corrupción y lo desean también las clases más bajas que exigen alimentos más baratos, trabajo o vivienda digna. El objetivo a batir parece el Majzén, la elite palaciega, y la inalcanzable clase alta aferrada al privilegio perenne.
Manifestación el día 20
Así ocurre en el entorno de los islamistas más contestatarios, de los bereberes, de los licenciados en paro o de los grupos defensores de los derechos humanos. Estas corrientes se enfrentan a aquellas que, espoleados por su bienestar, consideran innecesarios los cambios. Mohamed VI cuenta además con importantes apoyos en Europa, especialmente en Madrid y París. También contaba con ellos hasta hace pocos días Ben Alí, recuerdan los más optimistas del reino.
«Lo ocurrido en Túnez, el estado más policial del norte de África, abrió una puerta a la esperanza para la democracia en la región. Marruecos no será una excepción aunque tiene su propia historia», piensa Rachid Raha, uno de los líderes de la comunidad bereber marroquí. Miles de jóvenes marroquíes se han unido ya a través de la red social Facebook para reclamar avances en las calles el próximo domingo 20 de febrero. «Allí estaré», afirma Hicham Rachidi, un conocido militante de la sociedad civil.
«Tenemos que salir para reclamar un cambio de la Monarquía Ejecutiva por una Monarquía Parlamentaria», añade en referencia a la necesidad de romper con la concetración de los poderes en manos del Rey Mohamed VI. «Si no se emprenden reformas profundas podríamos estar ante un nuevo escenario parecido al de Egipto».
Las autoridades de Rabat no han prohibido la convocatoria del día 20. Es más, como recordó el portavoz del Gobierno, Khalid Naciri, se trata de algo «normal», una oportunidad más para demostrar que en el país se disfruta de una libertad de expresión más amplia que otros en la zona. Fuentes cercanas al Gobierno reconocen sin embargo que los servicios secretos están preocupados y trabajan de manera intensa para tratar de evitar el contagio revolucionario.
Ni los más agudos analistas habían previsto hace pocas semanas que Ben Alí, el presidente tunecino, y Hosni Mubarak, el egipcio, estarían hoy defenestrados. Ante este nuevo escenario, los habitantes de otros países de la zona quieren también tirar del carro de la revolución. ¿Y Marruecos, tira con ellos?, se preguntan muchos. El régimen marroquí no es el mismo que el tunecino o el egipcio. Es, esencialmente, una Monarquía asentada desde hace varias generaciones. Pero esta particularidad ni lo convierte en una democracia ni lo mantiene aislado de los anhelos democráticos que expresan unos ciudadanos que se sienten apartados de lo que se cuece en las altas esferas de poder.
En la tarde del pasado viernes unas 200 personas se manifestaron en Rabat al grito de «abajo la dictadura».
Pero claro, era en una marcha en apoyo al pueblo egipcio. El objetivo en el reino alauí no es tanto tumbar al Rey Mohamed VI como vivir mejor. Lo desean las clases medias cada vez más formadas en las universidades que reclaman más democracia y menos corrupción y lo desean también las clases más bajas que exigen alimentos más baratos, trabajo o vivienda digna. El objetivo a batir parece el Majzén, la elite palaciega, y la inalcanzable clase alta aferrada al privilegio perenne.
Manifestación el día 20
Así ocurre en el entorno de los islamistas más contestatarios, de los bereberes, de los licenciados en paro o de los grupos defensores de los derechos humanos. Estas corrientes se enfrentan a aquellas que, espoleados por su bienestar, consideran innecesarios los cambios. Mohamed VI cuenta además con importantes apoyos en Europa, especialmente en Madrid y París. También contaba con ellos hasta hace pocos días Ben Alí, recuerdan los más optimistas del reino.
«Lo ocurrido en Túnez, el estado más policial del norte de África, abrió una puerta a la esperanza para la democracia en la región. Marruecos no será una excepción aunque tiene su propia historia», piensa Rachid Raha, uno de los líderes de la comunidad bereber marroquí. Miles de jóvenes marroquíes se han unido ya a través de la red social Facebook para reclamar avances en las calles el próximo domingo 20 de febrero. «Allí estaré», afirma Hicham Rachidi, un conocido militante de la sociedad civil.
«Tenemos que salir para reclamar un cambio de la Monarquía Ejecutiva por una Monarquía Parlamentaria», añade en referencia a la necesidad de romper con la concetración de los poderes en manos del Rey Mohamed VI. «Si no se emprenden reformas profundas podríamos estar ante un nuevo escenario parecido al de Egipto».
Las autoridades de Rabat no han prohibido la convocatoria del día 20. Es más, como recordó el portavoz del Gobierno, Khalid Naciri, se trata de algo «normal», una oportunidad más para demostrar que en el país se disfruta de una libertad de expresión más amplia que otros en la zona. Fuentes cercanas al Gobierno reconocen sin embargo que los servicios secretos están preocupados y trabajan de manera intensa para tratar de evitar el contagio revolucionario.
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