Los españoles que viven en El Aaiún, capital del Sáhara Occidental,
deben pasar inadvertidos para no ser expulsados. Esta suerte le tocó a
la profesora Sara Domene hace unos meses y ahora ella recibe con
dolor las noticias enviadas por sus alumnos saharauis, víctimas de la
violencia desatada tras el ataque del ejército marroquí a un
campamento de protesta social.
En El Aaiún hay que medir las palabras. “Nunca sabes quién está
escuchando”, comenta Sara Domene desde Barcelona. Tras su expulsión de
Marruecos, acusada de “proselitismo”, ha seguido en contacto con
algunos amigos que en estos días le comparten el drama que están
viviendo. “Me cuentan que han encontrado a 18 mujeres muertas, 7
hombres y un niño de 7 años. Parece ser que hay fosas comunes por la
zona del campamento de Gdim Izik, pero es muy difícil acercarse”, expresa.
En la capital del Sahara Occidental un extranjero siempre será un
extranjero, que llega con otra cultura y con otra religión. En
política, el de fuera debe parecer un ignorante y la religión la tiene
que practicar en silencio. Los españoles que viven en El Aaiún apenas
pueden ser poco más que unos espectadores privilegiados de una
situación que para los saharauis es desesperada.
A partir del incendio y violento desalojo del campamento levantado
por los saharauis a 18 kilómetros de El Aaiún para reclamar trabajo y
vivienda, en las calles de la ciudad cunde el desconcierto. Los
saharauis reaccionaron al ataque quemando vehiculos y sedes de reparticiones oficiales. Efectivos del Ejército y la Policía entran en las casas, golpean, rompen, secuestran…
Tras los hechos, la ministra española de Exteriores, Trinidad
Jiménez, hizo un llamamiento a la calma dirigido tanto al Gobierno
marroquí como a los dirigentes del Polisario, a los que invitó a
reanudar el diálogo en la ONU para buscar soluciones a esta crisis, cosa
que ocurría casi de forma paralela a los disturbios, cuando Marruecos
y el Frente Polisario iniciaron el pasado lunes (día del ataque al
campamento) en las afueras de Nueva York su tercera reunión informal
auspiciada por las Naciones Unidas para reanudar el proceso de
negociación sobre la soberanía del Sahara Occidental.
CIUDAD SITIADA
Hoy las fuerzas policiales y militares dominan la vida en la ciudad,
pero esto no es algo nuevo. De manera más sutil, siempre han tenido
control hasta de las conversaciones en la vía pública. Ser saharaui o
extranjero en El Aaiún es estar en la mira. Sara relata que un día,
cuando paseaba por el centro de la ciudad se acercó a tres españolas
que habían llegado para hacer turismo. Le apetecía estar con alguien
de su tierra. En cuanto se puso a hablar con ellas, apareció un coche
y un hombre se asomó por su ventana, sin ningún tipo de disimulo: así
era más fácil oír la conversación. Ésa es la vida de un español en El
Aaiún, la ciudad que se ha convertido en un infierno la semana pasada.
Sara vivió en la capital del Sáhara Occidental durante varios años,
antes de ser expulsada por su fe cristiana. “Y ahora veo las imágenes
por televisión y me da mucha pena lo que sucede. Hay barrios en los
que yo viví y que están siendo destrozados”. Cuando llegó a El Aaiún
no tardó en aprender la regla fundamental para aguantar algún tiempo
en aquella tierra: “No hablar de política, tampoco de religión”. Ella
dice que lo cumplió y, aún así, la expulsaron.
No son muchos los españoles que viven permanentemente en el Sáhara. Mujeres casadas
con musulmanes, dos sacerdotes de la orden María Inmaculada de los
Oblatos y algunos empresarios. Desde que Calvo cerró sus instalaciones
bajó mucho la presencia española. Tampoco es un lugar donde la vida sea
fácil. Habitualmente no es peligroso, porque, en cuanto llegas, la
Policía marroquí deja ver su presencia. Eres extranjero: estás
protegido, que también es un eufemismo de vigilado.
MIRA QUE TE VEO
Los extranjeros de El Aaiún siempre sienten un ojo encima de ellos.
Sara cuenta que en la calle te sientes protegido: la cercanía de la
Policía echa para atrás cualquier intento de atraco, violencia o lo
que sea. Eso da seguridad física, pero también algo de miedo. Los que
te protegen son los que te vigilan cuando un amigo de un amigo se te
acerca en una fiesta y, de repente, te pregunta por tu posición
respecto al Sáhara.
De la respuesta depende que puedas seguir en la ciudad. Hay que
hacer como que no se toma partido y que se vive ajeno a lo que sucede o
de acuerdo con lo que sucede. Y en los momentos complicados, estar
callado. Porque si cuentas lo que pasa en esa ciudad, ya te estás
decantando.
Sara no se dejó engañar por las dos avenidas de la capital, que la
hacen parecer un lugar próspero y con futuro. Sólo hay que tomar una
transversal y descubrir la verdadera cara de una ciudad que no parece
haber cambiado con el paso de los años. El suelo lleno de arena y gatos
muertos entre la basura que la gente tira a la calle sin ningún
cuidado.
Allí no hay cines ni zona de ocio, ni siquiera parques infantiles
públicos. Hay cafeterías y restaurantes, aunque la mayoría de cafés son
“de hombres” y no van las mujeres. “Sería escandaloso para la cultura
de ellos –cuenta Sara–. Yo, en mi tiempo libre, iba a visitar a mis amigas a sus casas, o a algún café ‘permitido a mujeres’ a tomar algo con amigos, pasear por la ciudad… y la actividad favorita de los saharauis, que es salir al desierto, montar la jaima y pasar allí el día mientras hacen el té y preparan pinchitos a la brasa”.
Brahim, un portavoz de los saharauis, lo confirma: “Vamos al
desierto los fines de semana, para que los niños vean cuál su tierra,
sus raíces, para que sepan de dónde son, ¿entiendes”, explica en un
perfecto español.
FUTURO INCIERTO Y UN ESPÍA EN CLASE
En El Aaiún conviven saharauis y marroquíes. Sara tenía un microcosmos de la ciudad en su clase de español. Ahí se apuntaban más saharauis que marroquíes
porque a los primeros les interesa el español y, a los segundos, más el
francés. “Pero la relación entre ellos es, o era, buena. Los saharauis
los ven como sus vecinos, como sus compañeros, culpan más a la alta
política”, sigue Sara. “Ahora nosotros –vuelve a confirmar Brahim– no
hemos atacado ningún establecimiento de un civil marroquí. Siempre
atacamos establecimientos gubernamentales”.
La joven profesora recuerda que un alumno estuvo un tiempo sin ir a
clase sin que ella supiese el por qué. Se preocupó: no era normal y
preguntó a otro compañero si el que faltaba estaba enfermo. “No –le
contestó–. Era de la Policía y te estaba espiando”. Pese a todo, Sara
siguió trabajando con dedicación e intentó mantenerse dentro de los
límites y respetar las reglas: no hablar de política, tampoco de
religión, ella, que es cristiana evangélica. Cree que no cometió ningún
error, que se había adaptado y hacía sus rutinas: sus clases de
español y sus escapadas al desierto. Hasta que un día la echaron por “hacer proselitismo”. Aún no se lo explica.
Al ver esta semana las imágenes por televisión de lo que fue su
casa, con la pena de ver cómo arde lo que era tuyo, descubre que siempre
fue extranjera en El Aaiún: estaba vigilada y con miedo a equivocarse
pero, al menos, y no como los saharauis, tenía un lugar al que
volver.
Los saharauis juegan al fútbol y al voleibol con los marroquíes.
Son sus vecinos, los compañeros del colegio de sus hijos. Sólo que para
los saharauis es más complicado encontrar trabajo en una ciudad donde
se da la espalda al progreso. Hay mujeres saharauis casadas con
marroquíes. Comparten las mismas costumbres, tienen la misma religión.
Estudian, oran y compran en los mismos lugares, pero sin trabajo, sin
poder ganar dinero. Los saharauis se quedan en casa, esperando, o
comienzan protestas para pedir cambios sociales. Necesitan dinero para
pagar el alquiler, la luz, ir al médico. El dentista puede costarles
200 euros…
Para concluir la conversación, Bhahim cuenta que para los saharauis
es muy complicado llevar una vida normal en El Aaiún. Porque las
familias no son normales. Casi todas ellas están rotas, los hijos han
emigrado o están en el Frente Polisario. “Tú puedes tener un título
universitario, que aquí no encuentras trabajo, no hay nada para
nosotros”. Los hijos entonces se van a España o a otro país en busca de
un futuro algo más agradable que el que tienen en el Sáhara. “La vida
es muy complicada aquí y esto lo hace más difícil”, continúa Brahim,
que lo único que pretende es que su voz sea escuchada y que alguien les
dé una solución, si ya no es demasiado tarde.
Fuente: La Razón
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