Los Saharauis viven exiliados en el desierto de Tindouf desde hace más de 30 años, condenados a un destierro que parece eterno, instalados en la precariedad, en mitad de la nada y sobreviviendo gracias a la ayuda humanitaria. A pesar de ello, son un pueblo sociable que vive la religión musulmana de una forma abierta, sin radicalismos, y que es conocido por tratar al extranjero como a un invitado, a pesar de que sus habitantes son las víctimas sin voz de uno de los conflictos más antiguos y polémicos de la historia de África. Una historia en la que España tiene mucho que ver, por haber sido la colonizadora de ese pedazo del continente africano.
En Tindouf las gentes parecen vivir ajenas a casi todo en la quietud del desierto, pues la larga espera de algo parecido a una patria les ha convertido en uno de los pueblos más pacientes del planeta. Hay niños que juegan por todas partes, felices y con lo puesto, con la única exigencia de recibir algún caramelo por parte del visitante ocasional, quedándose fascinados por su cámara fotográfica. Hay también siluetas de mujeres fugaces con coloridas vestimentas difuminadas en el calor del desierto, ancianos tumbados a la sombra con sus rostros curtidos por el sol, escenas familiares que destilan paz y armonía. Tras varios días observando y tomando imágenes de sus caras y sus vidas, nadie diría que los protagonistas de estas fotografías llevan desde 1975 viviendo en uno de los lugares más áridos del planeta, en un ingrato e interminable pedregal en el que han sido colocados por la fuerza. Que esos niños nunca han visto un parque. Que la subsistencia de este pueblo desarraigado depende totalmente de la ayuda humanitaria, ya que no poseen ni comercio, ni industria, ni dinero, ni patria.
Con un simple paseo por los campos de refugiados saharauis se puede constatar la gran presencia de proyectos humanitarios financiados por ONG's e instituciones españolas para la mejora de las condiciones de vida de este improvisado pueblo. El idioma en Tindouf no es problema, pues tras el hasania, el castellano es la segunda lengua del Sáhara. Una vez llegado al desierto, lo más probable es que los saharahuis te estén esperando con una sonrisa y el ofrecimiento de todo lo que tienen...sus haimas. Una vez pasada la frontera argelina, y ya sobre el terreno, el ambiente es sorprendentemente amable, pues no hay haima donde no te inviten a tomar té y a compartir sus escasos alimentos.
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