Aziza Brahim golpea el tambor con la
fuerza de 100.000 guerreros. La mujer del tambor, la mujer que mueve la
lengua con la velocidad del viento de la Hamada, lanzando un ezkarit al
aire, en dirección al mar.
Se mueve por la arena con la cabeza cubierta de colores, con el pelo envuelto en brisa del mar y pólvora de revolución, la poetisa del fusil, la maga de las palabras, hechicera de lo nómada y lo divino.
Se mueve por la arena con la cabeza cubierta de colores, con el pelo envuelto en brisa del mar y pólvora de revolución, la poetisa del fusil, la maga de las palabras, hechicera de lo nómada y lo divino.
Los labios llenos de té, de flechas que vuelan al otro lado del muro y dan la bienvenida a los oídos que escuchan y atienden.
Palabras que nacen en una garganta vieja y reseca, que impactan en las retinas y quedan en la nuca, levantando la piel, erizándola.
La poetisa del fusil, Ljadra Mint Mabruk, empuña la pluma como su lengua; y su lengua como un arma, disparando en medio del Sahara una explosión de flores, arena y luz.
A su mirada ajada, a sus ojos brillantes, a sus manos que tiemblan y su pelo enraizado les sostiene la voz de la dignidad, el canto de las cadenas y las alas de la victoria que sostienen dos dedos que nunca se cansan de golpear el tambor.
Cuando la poetisa del fusil canta al Sahara Libre, dispara balas de plata y su melfa estalla como una galaxia, como un aguacero. Su voz no se destruye, solo se crea. Las ondas se mantienen en el tiempo y en el espacio, formando parte de los sonidos del desierto, esos que escuchas si te invade una noche de luna en medio de un mar de estrellas.
Palabras que nacen en una garganta vieja y reseca, que impactan en las retinas y quedan en la nuca, levantando la piel, erizándola.
La poetisa del fusil, Ljadra Mint Mabruk, empuña la pluma como su lengua; y su lengua como un arma, disparando en medio del Sahara una explosión de flores, arena y luz.
A su mirada ajada, a sus ojos brillantes, a sus manos que tiemblan y su pelo enraizado les sostiene la voz de la dignidad, el canto de las cadenas y las alas de la victoria que sostienen dos dedos que nunca se cansan de golpear el tambor.
Cuando la poetisa del fusil canta al Sahara Libre, dispara balas de plata y su melfa estalla como una galaxia, como un aguacero. Su voz no se destruye, solo se crea. Las ondas se mantienen en el tiempo y en el espacio, formando parte de los sonidos del desierto, esos que escuchas si te invade una noche de luna en medio de un mar de estrellas.
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