Willie Meyer, eurodiputado de Izquierda Unida, intercedió en el momento. Y Jesús Montesdeoca, compañero de La Provincia, lo definió en su crónica con precisión como un zarandeo, que en la RAE viene recogido así: “Agarrar a alguien por los hombros o los brazos moviéndolo con violencia“. Pero, sinceramente, todo esto es lo de menos, es levadura, con su gravedad porque cercena el derecho a la información, pero levadura, al fin y al cabo. Lo grave es que se permita que Marruecos, potencia que ocupa el Sahara Occidental, impida reiteradamente la entrada a informadores de medios de comunicación de distintos países, los golpee, los expulse, los humille y además salga sonriendo de todas las reuniones con la Unión Europea. Lo grave es que la población que vive en el Sahara Occidental lo haga aterrorizada –ni es un tópico ni una exageración- gritando al que le quiera oír que sus condiciones de dignidad se esfumaron hace tiempo, que no conocen derecho alguno, más que el de movimiento, limitado y vigilado. Condenados a cadena perpetua, literalmente, unos en prisión y otros al aire libre. Y que esta situación prolongue la presencia de miles de personas más abandonadas en un desierto insoportable, separados de sus hermanos por un muro kilométrico.
Es imprescindible, aunque poco probable, que el Gobierno de España salga en defensa de los habitantes del Sahara Occidental, primero, y también de los ciudadanos con pasaporte español que intentan ir al territorio ocupado por Marruecos a otra cosa que no sea hacer negocios. Es imprescindible que lo haga también la Unión Europea. Que no permita más negociaciones que incluyan materia prima que proceda del Sahara Occidental.
Y sobre todo es imprescindible que los ciudadanos franceses alcen la voz ante un Gobierno que dice ser de izquierdas y duerme el sueño de los burgueses. ¿Por qué la izquierda francesa no toma cartas en el asunto?¿Existe la izquierda francesa, tan venerada por la Historia?
Lo de este martes duró media hora larga. Bajé las escalerillas del avión comiéndome la tirma camuflada en un envoltorio de Binter y llegué a la fila que se dirigía al arco de seguridad. Y antes de llegar, mi amigo el gendarme, el habitual, me condujo a una sala de espera amplia. Luego a un cuarto más reducido. Pensé que tendría tiempo y saqué El Viaje del Elefante, de José Saramago, que acompañaba el viaje como lectura. Se llevaron el pasaporte y dijeron que apagara el teléfono móvil, esto último mirándome a los ojos. Poco después volvieron, ya eran tres, y preguntaron por qué estaba allí. Les conté que me dedicaba a eso, a contar historias, que diría el maestro Pepe Naranjo, tal y como había puesto en el papel a rellenar que te dan en el avión. “¿Qué va a contar aquí?”, me preguntó serio. “Mañana vienen tres eurodiputados y queríamos cubrir su visita a El Aaiún, una ciudad muy cercana a Canarias”, argumenté. Se fueron cinco minutos. Volvieron. Ya eran cinco. No hace falta tanto, soy un flojo, pensé.
Preguntaron si había estado antes y algunas cuestiones más referidas al trabajo, a los contactos que conocía en El Aaiún o dónde pensaba dormir y con quién. Ante la perseverancia y la cara de guasa que tenía El habitual, que disfrutaba sin duda, tuve ganas de bromear también sobre con quién me gustaría dormir y dónde estaba –que no era allí, precisamente- pero no me represento a mí mismo y es parte del trabajo y la responsabilidad responder con seriedad a un tipo así. Aunque se descojone en tu cara.
En media hora me despacharon y me pusieron en la pista del Hassan I, aeropuerto de El Aaiún. Allí llegó el poli bueno, que también existe y me conoce: “otra vez, amigo”, en perfecto español. El habitual y sus machacas con gorra y camisetas de rayas me llevaron cogido del brazo a las faldas del avión, que se llamaba baifo, y allí el amigo de la sonrisa puesta me despidió y me dijo “venga algún día a El Aaiún de turismo, hermano”. “No tenga duda”, le dije. Mentí como un bellaco. No haré turismo en El Aaiún ni en el Sahara Occidental mientras la población no decida vía referéndum qué hacer con su futuro, tal y como indica Naciones Unidas. Ni ahora ni nunca. Mientras tanto, la misión es ir a informar de lo que ocurra.
Es curioso, pero la única vez que pude entrar al Sahara Occidental fue como reportero de Enfoques, dominical del periódico salvadoreño La Prensa Gráfica. Hacía un reportaje sobre el trabajo que desarrollaban militares y policías de aquel precioso país en MINURSO. La fotógrafa, Maite Elola, y un servidor pudimos hacer ese trabajo, y un poco más, con cierta libertad: es decir, vigilados pero no expulsados. Pero de la vigilancia, que ya es grave, se ha pasado a la expulsión desde el aeropuerto, una modalidad que Marruecos está convirtiendo en habitual en el Sahara Occidental. Y ante el silencio de sus financiadores, lo hacen con total impunidad. Es un orgasmo marroquí.
Tal y como arrancaba, El Aaiún se asoma al Atlántico, pero no lo toca. Aquí, al ladito, Las Palmas de Gran Canaria se asoma, lo toca y se mete dentro; y desde acá se escuchan los gritos que desde hace décadas lanzan los saharauis. Pero algunos se hacen los sordos.
Por Txema Santana
Fuente: guinguinbali.com
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