
Al igual que todas las primaveras vuelve a florecer el campo, también en el Consejo de Seguridad de la ONU se repite desde hace años el ritual de la aprobación de una nueva Resolución que prorroga el mandato de la MINURSO. Lo malo es que, a diferencia de la primera, está segunda rutina no contenta a casi ninguno de los actores interesados en el futuro del Sahara Occidental (salvo a Marruecos, que ve como el tiempo sigue corriendo a favor de su objetivo de integrarlo bajo su propia bandera).
Con la aprobación por unanimidad de los quince miembros del Consejo, la Resolución 2044 (del pasado 24 de abril) extiende la cobertura a esta misión hasta el próximo 30 de abril de 2013, en un territorio que está a la espera de que algún día se celebre el referéndum contemplado en el plan de paz de 1991 (Resolución 690, de 29 de abril). Nadie cree hoy que dicha convocatoria esté ni siquiera en la agenda; pero, por diferentes razones, todos los actores implicados prefieren ajustarse a un guión esclerotizado desde hace tiempo.
Si, en este caso, el proceso de aprobación ha tenido un cierto eco mediático ha sido únicamente por la torpeza con la que la propia maquinaria onusiana ha gestionado la aprobación del informe previo de su Secretario General (S/2012/197, de 11 de abril).
Sin que todavía se hayan aclarado totalmente los detalles del desaguisado burocrático, el hecho es que llegaron a conocimiento público tres borradores distintos de dicho informe. Al margen de las anécdotas del caso, lo relevante es que se han eliminado las alusiones más críticas a Marruecos- aunque eso no ha impedido que haya quedado de manifiesto que Rabat ha espiado a la MINURSO y ha entorpecido sus labores- y que la propia misión internacional no tiene medios suficientes para cumplir sus limitadas tareas de vigilancia, observación e información.
Sin que todavía se hayan aclarado totalmente los detalles del desaguisado burocrático, el hecho es que llegaron a conocimiento público tres borradores distintos de dicho informe. Al margen de las anécdotas del caso, lo relevante es que se han eliminado las alusiones más críticas a Marruecos- aunque eso no ha impedido que haya quedado de manifiesto que Rabat ha espiado a la MINURSO y ha entorpecido sus labores- y que la propia misión internacional no tiene medios suficientes para cumplir sus limitadas tareas de vigilancia, observación e información.
De poco han servido las protestas de Sudáfrica (miembro temporal del Consejo de Seguridad y representante significado del amplio apoyo a las tesis saharauis en el seno de la Unión Africana), por entender que esa suavización del texto impide ejercer una presión efectiva para hacer avanzar el proceso. Nada ha podido tampoco vencer la resistencia marroquí- respaldada de forma más o menos abierta por la totalidad de los países miembros del Grupo de Amigos del Sahara Occidental (España, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia)- a que la MINURSO pueda sumar la vigilancia sobre el respeto de los derechos humanos a sus actuales tareas. En cuanto a las capacidades de la misión, no parece que haya posibilidad de ir más allá del envío de 15 nuevos observadores.
Conviene recordar que este esfuerzo internacional implica hoy a treinta países que aportan, en total, los 520 efectivos desplegados en el área (235 militares, 102 civiles internacionales, 164 civiles locales y 19 voluntarios de la ONU), con un presupuesto para este último año de algo más de 63 millones de dólares. Y todo ello mientras la población saharaui se enfrenta a una situación absolutamente crítica en términos humanitarios y mientras los negociadores marroquíes y saharauis se aprestan a celebrar un quinto encuentro que nadie prevé resolutivo.
Hoy, cuando el recurso saharaui a las armas se interpreta como una balandronada sin fundamento y sus apoyos internacionales (más allá de los de carácter humanitario) se van diluyendo a ojos vista, todo parece indicar que la balanza se va inclinando inexorablemente a favor de Rabat. No es una cuestión de justicia histórica, de ética o de derecho internacional; es, por desgracia, el resultado de una mera relación de fuerzas que, en modo alguno, toma en consideración la situación actual y las expectativas de quienes llevan viviendo en la hamada desde hace décadas.
Fuente: El País.com Blog Extramundi
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