¡SAHARAUI, SAHARAUIA, EIDA FEIDAK LILHURRIA! (tu mano junto a la mia hasta la libertad) ¡Rompamos el bloqueo informativo. Derribemos el Muro de Silencio! ¡LABADIL, LABADIL, AN TAGHRIR ALMASSIR! (No hay otra opcion que la autodeterminación)

EL SÁHARA DE LOS OLVIDADOS اِل ساارا دي لوس اُلبيدادوس




"Háblale a quien comprenda tus palabras"
"Kalam men yafham leklam"

No nos representan ni en el Sáhara

Artículo sobre los días compartidos con el pueblo saharaui por el autor, y su opinión del conflicto. "España y su clase política no son sinónimos, y a mí no me mete nadie en el mismo saco con tanta gentuza. Gentuza que no nos representa, ni aquí, ni en el Sáhara".
Este es un artículo difícil, pues serían demasiados los asuntos a denunciar. Tantos, que los dedos no saben por dónde empezar, así que voy a probar a darle un enfoque distinto. El fondo sigue siendo el mismo, un charco de pastosa bilis fermentando al final de un pozo de 40 años de profundidad.
En diciembre pasé unos días en los campamentos de refugiados saharauis, en Tinduf. Ahora lo recuerdo pensando en la suerte que hay que tener al nacer, por qué yo puedo escribir desde aquí, teniendo a mi disposición agua corriente (es increíble cómo se llega a echar de menos una ducha) y todas las comodidades, y ellos se ven obligados a malvivir en un secarral polvoriento, donde la escasez es tal que las famélicas cabras engañan al hambre comiéndose los paquetes de tabaco, la ropa tendida e incluso la tela de las jaimas (y esto no es ninguna exageración). Pero no quiero hablar de aquello porque me entristezco. No quiero acordarme de Mustafa, combatiente del Frente Polisario, con sus 15 impactos de balas marroquíes en el cuerpo. Un militar filósofo, aunque suene contradictorio, que una noche en la que salimos a ver las estrellas (qué pena que aquí las hayamos apagado) me contó que la guerra estaba en el destino de su pueblo, pues el Sáhara Occidental tiene forma de pistola; o de Ibrahim, el «cura» (en realidad es imán), quien al tener prohibido tocar a las mujeres por su modo de vivir la religión, ha inventado una curiosa solución para saludar al sexo opuesto:
unas veces les ofrece la punta de su túnica para que «estrechen su mano» sin que haya verdadero contacto, y otras, cuando quiere mostrarse más afectuoso, da frente a ellas un efusivo simulacro de abrazo al aire; o de Fatu, no menos coqueta que cualquier adolescente de La Moraleja, con gruesos guantes de lana a pesar del implacable sol, para evitar que se le bronceen las manos (la palidez de la piel es un ideal de belleza en su tierra, en cada zona se valora lo que escasea); también está Tito, un soldado muy joven con quien apenas pude hablar porque no domina el español ni el inglés, y yo no entendía una palabra de hasaní, aunque nos comunicamos con gestos y garabatos en la tierra, mezclados con los ataques de risa que nos entraban cuando no nos aclarábamos.
Con Tito tengo uno de mis mejores recuerdos en cierto lugar de los «territorios liberados» (liberados de la ocupación marroquí por el Frente Polisario durante el conflicto armado), a 6 horas de viaje dentro de una baticao que casi hace sublevarse a mi estómago. En lo alto de un gran promontorio rocoso que surge desafiante en medio del desierto, estuvimos largo rato callados, contemplando el infinito y escuchando el silencio. Abajo, a ras de suelo, una manada de camellos liliputiense y los espejismos de lagos en el horizonte era lo único que destacaba en el inmenso mar de polvo que la vista podía barrer a su antojo sin tropezar con nada.
Cerca de allí, en una elevación de difícil acceso en la que había pinturas rupestres, sentado en soledad con los pies colgando en el aire, sentí una conexión especial con los hombres que hicieran esos dibujos. Hace más de 4.000 años alguien estuvo sentado en el mismo sitio en el que me encontraba yo, y seguro que también miró al cielo rosazuleta acuclillado, protegiéndose del frío en ese abrigo de roca, y quizá empezó a hacerse preguntas, y la necesidad de expresarse, que yo puedo aliviar con la escritura, a él le llevó a marcar las paredes…
Y cómo acordarme sin pena de Hadiya diciéndome, acodada en la ventanilla del todoterreno: «Salva, quédate con tu madre» (así se comportó conmigo). ¿Veis? Ya me he puesto triste. Dejad que tire de las riendas a este artículo y lo intente llevar adonde quería.
El trato que recibimos fue inmejorable, compartieron con nosotros todo lo que tenían, lo cual, cuando el significado de su «todo» se parece tanto al de nuestro «nada», no hay manera de agradecerlo suficientemente. Paseando por los campamentos, me percaté de una circunstancia: en el momento en el que descubrían que era español (idioma muy hablado en los campamentos), extremaban aún más la amabilidad, las invitaciones a té, a charlar, a visitar sus hogares… Así conocí a Aziza, cuya familia representó conmigo una miniceremonia de boda, y luego me regaló el traje con el que me vistieron.
Basándome en mi experiencia, hay dos cosas que caracterizan especialmente a los saharauis: la primera, es que hacen gala de un buen humor sorprendente. Si pienso en cualquiera de ellos lo recuerdo invariablemente con una sonrisa. Esto no ocurre al traer a la memoria la cara de muchos de mis compatriotas, y es un hecho que quizá debería hacernos reflexionar.
La segunda característica de su personalidad es que son tremendamente hospitalarios con todo aquel que les visite, hasta el punto de que llegan a abrumarte, pues eres consciente de que, al igual que el citado traje que intenté una y mil veces rechazar sin éxito, lo que te ofrecen lo necesitan ellos infinitamente más que tú. Y su cortesía hacia los españoles en particular es extraordinaria, lo comprobé al coincidir allí con gente de otras nacionalidades. Las atenciones que reciben estos, aunque son las esperables de los saharauis, no llegan al extremo de las que nos dedican a los españoles. Nos quieren, nos sienten todavía como hermanos, y eso que la injusticia y las promesas rotas van a cumplir ya 40 años, durante los cuales nuestros gobiernos se han alternado para mirar hacia otro lado, a izquierda o derecha pero nunca hacia allá abajo.
Que nadie se confunda: quieren a los voluntarios, a las familias de acogida, al que tiene curiosidad y llega buscando conocer la historia de esa tierra, que es parte de la nuestra… A los ciudadanos, en suma. Sin embargo, abominan (con razón) de la comunidad internacional y de nuestros políticos, que no han sabido, no se han atrevido o no les ha dado la gana de intentar solucionar una situación que dura ya demasiado.
A las dos características mencionadas estoy seguro de que les gustaría que añadiera otra en la que me insistieron: la diferencia de estatus que ocupa la mujer saharaui en comparación con la marroquí. Esta, según ellos, es poco menos que la última mona, puesta en el mundo por Alá para servir al hombre, mientras que en la sociedad saharaui el rol de la mujer es más parecido al de las españolas.
Son un pueblo muy pacífico y paciente, no hay más que asistir a la parsimoniosa ceremonia del té, sentarse con ellos en el suelo observándoles cambiar el (extremadamente) dulce brebaje de vaso una y otra vez con el fin de que haga espuma, para comprobar que la serenidad es una de sus virtudes. Han sido muy pacientes, soportando despropósitos como que la MINURSO sea la única misión de paz donde la ONU no tiene el mandato de velar porque se respeten los Derechos Humanos (?). Entonces, ¿qué hacen? Teóricamente, vigilar que se mantenga el alto el fuego y encargarse de organizar un referéndum de autodeterminación que los saharauis llevan esperando desde el 74. Los enviados de la ONU no tienen prisa (total, la MINURSO se creó hace «cuatro días», en el 91), ellos disfrutan de unas comodidades en pleno desierto, como aire acondicionado, que los autóctonos no pueden ni rozar.
En abril, al votarse la renovación del mandato de la MINURSO, se debatió en el Consejo de Seguridad de la ONU una propuesta presentada por EEUU (sí, a mí también me sorprendió) para acabar de una vez con esta anomalía, ampliando las competencias de la misión de forma que incluyeran la supervisión del respeto a los Derechos Humanos. La propuesta se encontró con la oposición de Marruecos, Rusia, Francia, y… ¿Lo adivináis?… Efectivamente: España. Lógicamente, la moción no prosperó, así que la vida (y la muerte) seguirá igual. Nuestro país se colgó otra medalla más al demérito con la valoración de García-Margallo de la iniciativa estadounidense: «Inviable».
Por muy pacientes que sean todo tiene un límite, y los saharauis jóvenes empiezan a hablar, flojito y como quien no quiere la cosa, de tomar las armas. «Si llevamos 38 años intentándolo por las buenas y no nos ha dado resultado, ¿no deberíamos volver a intentarlo por las malas?». Si eso llega a producirse, será una vergüenza para el resto de naciones. La ONU, más si cabe mientras se mantenga el antidemocrático derecho de veto de EEUU, Rusia, Francia, China y Reino Unido, es poco menos que un chiste sin gracia, una infame representación del «tanto tienes, tanto vales». Marruecos es amigo porque existen intereses económicos (acuerdos pesqueros, gas natural, fosfatos, petróleo…), algo que en el criminal capitalismo es sagrado y mucho más importante que las vidas humanas, la Justicia o cualquier valor moral. Por lo tanto, les permitimos una represión brutal sostenida mediante asesinatos, desapariciones, violaciones y el robo de territorio, como han denunciado repetidamente Human Rights Watch, Amnistía Internacional, la Organización Mundial contra la Tortura… Exactamente lo mismo ocurre con Israel y su cobarde opresión a Palestina (también con muro de por medio), puesto que aquellos saben que tienen detrás al primo de Coca Cola. Y una realidad similar se da en el colmo de la perversión que es Guantánamo, donde los americanos pueden torturar y asesinar con la impunidad que otorga la cobardía y sumisión ajena.
Cuando oigáis a los políticos españoles de cualquiera de los dos partidos que han gobernado y no han hecho nada por cambiar las cosas, afirmar que su corazón está cerca del Sáhara, podéis contestarles que si tienen corazón y está cerca de algún sitio, es de Marruecos. Sin ir más lejos, un ex presidente disfruta de una villa de lujo en Tánger.
Así que si hasta los saharauis distinguen claramente entre ciudadanos y el putrefacto sistema que sirve de alimento a la nauseabunda clase política, que no intenten darnos gato por liebre (o cabra por camello, que sería más propio allí). Que algunos les hayan votado no significa que seamos lo mismo: España y su clase política no son sinónimos, y a mí no me mete nadie en el mismo saco con tanta gentuza. Gentuza que no nos representa, ni aquí, ni en el Sáhara.



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