Como decíamos la semana pasada, era una máxima del profesor francés Jean Jaures el que todo socialista debe estar en contra de las injusticias que se le planteen delante de sí y debe poner todos los medios que estén a su alcance para que aquellas sean superadas y desplazadas de la vida cotidiana de los seres humanos que, en definitiva, eso es lo primero que es importante en cualquier quehacer.
Pues bien, pasados casi cuarenta años de la infausta salida de España del territorio saharaui, del que era administración colonial, todavía nos encontramos con que sus pobladores, los que quedan de aquella época y sus descendientes actuales, permanecen en una situación de existencia diaria tan lamentable que debe hacernos reflexionar como conseguir corregir esa pifia que constituye un baldón en la historia de los españoles y que debe ser para nosotros una obligación moral y ética el enmendarla, amén de promover el restablecimiento de la justicia más elemental.
Como bien saben muchos, el Sahara, denominado español, fue un territorio que entró a formar parte de las competencias de la administración española a raíz de la reclamación que esta hizo en 1884 por unas factorías de pesca que se encontraban en lo que, en español, se llamó en su tiempo Villa Cisneros y que se completó con la ocupación definitiva por la negociación que se hizo con Francia en 1900. En 1973 la voluntad de independencia de los ciudadanos saharauis, muy en boga en la época, culminó con la constitución de una amplia alianza de organizaciones de liberación, autodeterminación e independencia que se materializo en el denominado Frente Polisario. Sin embargo, la decisión de fuerza de los hechos del gobierno de Marruecos de entender que este territorio formaba parte de su reino, obligo al gobierno español a entregárselo a aquel de tan mala manera y procedimiento que dejo a la ciudadanía saharaui abandonada a una cruel y larga guerra contra el reino alauí, vagando tristemente por el inhóspito desierto en campamentos tan precarios que la permanencia en los mismos, simplemente para vivir, era y es una auténtica heroicidad.
Desde aquellos tristes y deplorables momentos el pueblo saharaui, en su mayoría, ha tenido que padecer una trayectoria vital tan cruel, despiadada e inhumana que el más esencial concepto de la justicia debe impeler a la gente de buen corazón a colaborar en la restitución, al menos moral pero también material, de sus condiciones de vida. Los que hemos tenido la oportunidad de estar y trabajar con algunos de ellos y de ellas y hemos visto la ilusión que ponen en sus ojos al estar con nosotros, trabajar con nosotros, divertirse con nosotros… comprobar lo que nos quieren, como si fuéramos familiares suyos, amigos suyos de toda la vida… cómo quieren y defienden a nuestro país, al que consideran tan suyo como a su tierra... cómo muestran su agradecimiento ofreciendo con toda generosidad lo poco que tienen y, sobre todo, su cariño más sincero y franco hacia nosotros… No podemos dejar que este pueblo y sus ciudadanos y ciudadanas, que no pasan de más de doscientos mil, puedan quedar abandonados y al albur de una incierta suerte y a la vez debemos alegrarnos de que la multitud de pequeñas iniciativas que surgen de cientos de localidades de la geografía española manifiesten con hechos y recursos la conciencia que deben ser ayudados hasta convertirlos en personas con el mismo nivel de vida que el que tienen la mayoría de los españoles, cosa que en términos económicos no tiene que resultar tan cara pues con un simple cálculo, la aportación de un solo euro por español haría alcanzar una cifra que para tan pequeño colectivo puede ayudar a que la existencia de estos sea de una calidad digna y homologable para cualquier ser humano.
La historia no se puede corregir, ni se debe reescribir, pero las injusticias realizadas por nuestro ancestros, si es posible, y lo es con toda seguridad, deben ser reparadas y esta es una ocasión perfecta para que el estado español en su conjunto institucional e individual elabore políticas de resarcimiento y arreglo de aquello que se hizo mal, sin entrar a valorar causas pasadas que hoy día ya no tienen ninguna razón de ser. Es una obligación moral, nuestra obligación moral, y los ciudadanos españoles no debemos dejar a los saharauis que, allí se encuentran, queden abandonados. No lo hagamos.
Fuente: diarioprogresista.es
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