La Monarquía alauita trata de ponerse a salvo de la Primavera Árabe con una nueva Constitución y un Gobierno dirigido por primera vez por islamistas moderados.
La nueva Constitución puede ayudar al majzén [élite que dirige el país alrededor de Palacio] a ganar algo de tiempo, pero el país será el perdedor con toda seguridad. Porque, antes o después, este se volverá contra Mohamed VI”. Lo dice sin titubeos Hicham Ben Abdalá, investigador del Center on Democracy, Development and Rule of Law de la Universidad de Stanford. Y, sobre todo, primo hermano de Mohamed VI, rey de Marruecos desde 1999. Ya se han cumplido 12 años de reinado que arrancaron con las promesas de una transición democrática inacabada. Doce años en los que el monarca ha tratado de presentarse ante su pueblo como un líder moderno, cercano y familiar (está casado desde 2002 con Lalla Salma, una universitaria de origen bereber y nacida en Fez con la que tiene dos hijos).
La Primavera Árabe, que sacude desde comienzos de año toda la región, lanzó un aviso claro a las élites dirigentes. Sin llegar a ser masivas, pero inasequibles al desaliento, el país magrebí registra manifestaciones –capitaneadas por un grupo de jóvenes conocido como Movimiento 20 de Febrero– que piden más libertad, el fin de la corrupción y una auténtica democracia. Quieren que las cosas del pueblo estén en manos del pueblo. Que el rey reine, pero no gobierne.
Mohamed VI se dio cuenta pronto de que la cosa iba con él también y se sacó de la manga una nueva Constitución que fue aprobada de forma abrumadora en julio y que deberá sentar las bases de una progresiva transferencia de atribuciones ejecutivas de la Corona al Parlamento. Un año antes de lo previsto, Mohamed VI convocó elecciones legislativas, que se celebraron hace dos semanas. El resultado, inquietante para algunos y muestra de la normalización de la democracia marroquí según otros, fue la victoria del islamismo moderado del Partido Justicia y Desarrollo (Hizb al-Adalah wal-Tanmiyah, en la transcripción del árabe). Fue un triunfo, además, contundente, con el que las autoridades marroquíes pretenden despejar ante el mundo las sospechas de prácticas irregulares generalizadas en los comicios magrebíes.
Como en otros países del norte de África que han celebrado elecciones democráticas (Túnez o Egipto), el islam llega a la política en su versión más pragmática, consciente del cambio social. El nuevo primer ministro marroquí, Abdelilá Benkirane, encarna la domesticación de una parte del islamismo magrebí: de una juventud radical y yihadista a una madurez serena de adhesión al régimen y al jefe del Estado. Su futuro Gobierno tendrá que ser de coalición.
Marruecos bulle al otro lado del Estrecho. Europa y, especialmente, España saben que su futuro pasa en una medida importante por la estabilidad de la puerta de África al Viejo Continente. La inmigración, la amenaza de Al Qaeda en el Magreb Islámico, el futuro del Sáhara Occidental, la cuestión de la pesca y de Ceuta y Melilla son los platos fuertes de una agenda común con una fuerte carga pasional. La hora de la verdad parece acercarse para la Monarquía Alauita, dueña absoluta del poder político. Bienintencionado, pero víctima de un sistema autocrático construido por su padre, Mohamed VI tendrá en sus manos el futuro de un pueblo que quiere subirse al último tren del progreso.
Mohamed VI está preocupado. La Primavera Árabe ha llegado para quedarse. No habrá vuelta atrás. La globalización de las comunicaciones ha actuado como catalizador para un despertar social que exige a los viejos regímenes del mundo árabe su disolución. Desde comienzos de año, tres de las dictaduras surgidas de la Guerra Fría y la extensión de la pax americana –utilizando el término del analista egipcio Tarek Osman– han caído: el Túnez de Ben Ali; la Libia de Gadafi y el Egipto de Hosni Mubarak. Los Gobiernos yemení y sirio pelean por salvarse de la cólera de una sociedad. Manifestaciones con lemas similares se han registrado en Argelia, Jordania o Arabia Saudí. También en Marruecos. Quieren mayor participación, justicia social, libertades y derechos civiles. “Las demandas que en Occidente hemos identificado con la democracia”, asegura Eugene Rogan, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oxford. Un aviso a navegantes.
Movimiento 20 de febrero
El 20 de febrero se ha convertido en una fecha simbólica para la historia contemporánea de Marruecos. Aquella jornada lluviosa en gran parte del país registró la primera gran convocatoria nacional de manifestaciones celebrada con éxito, con protestas que se producían desde Tánger a Agadir pasando por Rabat, Casablanca y un sinfín de localidades de pequeño y mediano tamaño. El llamado Movimiento 20 de Febrero ha actuado desde entonces como vanguardia de las necesidades del pueblo marroquí. Liderado esencialmente por jóvenes universitarios de extracción urbana y clases medias-altas, el movimiento ha demandado la democratización de la monarquía de Mohamed VI. Los miembros del 20 de Febrero exigen que el rey ceda todas sus atribuciones políticas al Parlamento, el fin de la censura, la defensa de la libertad de expresión, culto y asociación, la desaparición de la corrupción de las élites del país y, en fin, la secularización del Estado. Su mensaje ha sido entendido por todos. También por el rey. El nuevo jefe del Ejecutivo, Benkirane, dice que “les escuchará”.
La vanguardia crítica demanda, en fin, la puesta en marcha de una agenda liberal y democrática para transformar la autocracia consolidada por la Monarquía Alauita –Hassan II durante los 38 años de su reinado– y apenas alterada por su hijo, el actual monarca, de 46 años, al que se le suponía un carácter reformista. Cierto es que los primeros años fueron testigos de la reforma de la mudawana (convertida en un moderno Código de Familia) y la creación de la Instancia Equidad y Reconciliación para la reparación de las víctimas de los años de plomo de Hassan II, que auguraban cambios profundos en el majzén.
Con todo, las protestas del Movimiento 20 de Febrero nunca fueron masivas ni violentas ni comprometieron seriamente a la Policía, que ha actuado, salvo excepciones, con contención. En cualquier caso, la emergente oposición –y el efecto combinado de la Primavera Árabe– logró marcar la agenda del país en tan solo unas semanas.
El monarca alauita actuó con prontitud después de las primeras protestas públicas. Aún tendrá que demostrar si también lo hizo con sinceridad. El 9 de marzo, menos de tres semanas después de las primeras manifestaciones, Mohamed VI sorprendía con la convocatoria de un comité consultivo al que se le encomendaría la elaboración de una nueva Carta Magna. En Marruecos se ha especulado mucho con el contenido de las supuestas llamadas del presidente francés, Nicolas Sarkozy, y la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, al monarca instándole a que actuara para salvar su cabeza y el régimen. Para elaborar el nuevo texto reformista no se convocaría una asamblea constituyente, sino un comité elegido a dedo por el jefe del Estado.
La nueva Constitución, que declara la figura del rey como “inviolable” y no como “sagrada”, refuerza las atribuciones del primer ministro, que, como ya ha ocurrido en esta ocasión, deberá proceder de la fuerza más votada en las elecciones. Además, insta al Estado a emprender una reforma judicial para garantizar la independencia de esta, así como la separación de los tres poderes. La Constitución era aprobada por una mayoría aplastante el primero de julio. Después, el monarca remató su jugada con la convocatoria de las elecciones del 25 de noviembre con vistas a que un nuevo Ejecutivo comience a implementarla.
El 98,5% de los marroquíes inscritos en el censo daba en julio el sí a la Carta Magna llamada a conducir al país a la democracia definitiva. Una cifra demasiado sospechosa. “Se llevó a la gente en los autobuses a votar como si fuera ganado electoral y para que tuvieran claro lo que se quería que entendieran recibieron un sermón dictado por el Ministerio de Asuntos Religiosos, leído el viernes 25 en las mezquitas”, recuerda Hicham Ben Abdalá, el llamado príncipe rojo y primo del rey –y persona non grata en Palacio–, que sigue convencido de que el rey es el mayor obstáculo para la democratización de Marruecos. La oposición al régimen, el 20 de Febrero y los islamistas rechazaron el texto y llamaron a boicotear la convocatoria por su déficit democrático. Como tantas veces, la nueva Carta Magna podría quedar en papel mojado si el monarca, que seguirá teniendo la última palabra en los asuntos de relevancia, carece de la voluntad de desarrollar los cambios introducidos.
La Unión Europea firmó con Rabat en 2008 el Estatuto Avanzado de cooperación, que sienta las bases para la integración de Marruecos en el mercado común y la participación en ciertos organismos comunitarios. Francia y España son dos de los principales socios comerciales del país magrebí. El difunto Hassan II describió a Marruecos con la metáfora de “un árbol que hunde sus raíces en África, pero que respira gracias a sus hojas en Europa”. Su hijo sabe también de la fortaleza que le otorgan los intereses europeos en la estabilidad del país magrebí, pero también ha visto cómo la amistad occidental con socios como Ben Ali, Gadafi o Mubarak se evaporó en cuestión de semanas.
Caldo de cultivo para la protesta
A pesar de la autocomplacencia occidental y de la retórica reformista de Rabat, las condiciones socioeconómicas objetivas de Marruecos no son demasiado distintas de las de países donde la revuelta se convirtió en un clamor mayoritario, como en Egipto, Túnez o Libia. El analfabetismo alcanza casi al 50% de la población, afectando especialmente a las mujeres (entre quienes supera el 60%). La pobreza afecta a la mayoría de los marroquíes. “Las características sociales de Marruecos hacen del país el escenario perfecto para que las manifestaciones deriven en una violencia máxima”, aseguraba el pasado mes de febrero Abubakr Jamai, el ex director del semanario Le Journal Hebdomadaire, una de las revistas más críticas con el majzén, y actualmente exiliado en Estados Unidos después de que la prestigiosa publicación se viera obligada a echar el cierre forzoso.
Pero hay una característica que diferencia esencialmente a Mohamed VI del resto de jefes de Estado del norte de África. Él ostenta el título de príncipe de los creyentes (al Amir al Muminin). Su figura está investida tanto del poder político como del religioso en Marruecos. Cuenta, por tanto, con un componente sagrado que lo diferencia de otras autocracias árabes. Un plus de legitimidad que le ha permitido salvarse de las iras de una población que ha dirigido sus protestas contra la corrupción que le rodea en Palacio y entre la clase política; contra la falta de horizontes y empleos. Sólo el islamismo conservador de Justicia y Caridad (Al Adl Wal Ihsane), el principal movimiento situado fuera del régimen –el majzén le impide participar en las elecciones– y el salafismo, el islam rigorista y radical se oponen abiertamente al citado título de emir de los creyentes.
El islamismo ha sido en los últimos años el único movimiento político opositor a la monarquía de Mohamed VI. Como ha ocurrido en Túnez, donde un partido moderado –Enhhada– ha ganado los primeros comicios tras la caída de la dictadura de Ben Ali, o en Egipto, donde la marca electoral de los Hermanos Musulmanes recogió en las urnas el fruto de muchas décadas de trabajo y resistencia al régimen militar presidido por Mubarak, en Marruecos una parte del islamismo ha sufrido en sus carnes la persecución del régimen. La clase política se ha adaptado de forma acomodaticia al juego de la monarquía sin cuestionar los límites impuestos por esta a la sociedad civil marroquí. Los primeros, las llamadas líneas rojas de la monarquía: la existencia de un islam suní y malekita patrocinado por el Estado; la autoridad política y religiosa del rey y los límites territoriales innegociables del país, incluida, por supuesto, la antigua colonia española del Sáhara Occidental.
Una variopinta sopa de letras –una parte de ella otrora opositora y crítica de la monarquía de Hassan II– de la que forman parte los nacionalistas del Istiqlal (segundos el día 25 de noviembre), la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP) que fundara el histórico Meddhi Ben Barka, el Movimiento Popular o la Unión Nacional de Independientes (RNI) entre otros, se reparte los escaños en la Cámara Baja rabatí. Entre ellos, cómo no, los vencedores en los últimos comicios: los islamistas de Justicia y Desarrollo, que se llevaron 107 de los 395 diputados del Parlamento.
El islamismo ha sido uno de los principales temores de Mohamed VI desde su llegada al trono en 1999. Para combatir la emergencia de formaciones moderadas como el PJD –que ya fue el partido más votado en 2007 y el segundo en número de diputados en el Parlamento–, el rey apoyó la creación del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), que dirigió casi cuatro años Ali Fouad El Himma, amigo íntimo del monarca y antiguo alto cargo de Interior. La oposición pidió en la calle desde comienzos de año su cabeza –un cable de Wikileaks revelaba cómo el antiguo embajador de EE UU en Rabat lo consideraba, tras el rey, “la persona más influyente de Marruecos”–, señalándole como uno de los máximos responsables de la corrupción. Durante varios años se daba como seguro que 2012 sería el definitivo encumbramiento de El Himma que hoy, fuera de la candidatura de la formación que fundó, parece amortizado. En cualquier caso, Mohamed VI lo nombró recientemente consejero real. Por su parte, Justicia y Caridad permanecerá cuestionando la autoridad del rey desde los márgenes del sistema y seguirá alentando la oposición a que el monarca siga gobernando política y religiosamente.
El islamismo yihadista supone el otro flanco desestabilizador para la monarquía. También para Europa. Y para España en particular, país fronterizo con la puerta del mundo árabe-musulmán a la UE. La presencia de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) en el Sahel preocupa mucho. Las porosas fronteras del Sáhara Occidental son un terreno propicio para la eventual expansión de los mercenarios de AQMI. No en vano, la capital turística, Marrakech, fue sacudida el 28 de abril por un sangriento atentado (15 muertos, entre ellos una decena de europeos). En 2003, 45 personas perecieron por atentados en Casablanca.
Balance de las últimas elecciones
Marruecos acaba de celebrar unas nuevas elecciones multipartidistas. Los numerosos observadores internacionales convocados han saludado la transparencia de los comicios, probablemente, más limpios de la historia del país. El Movimiento 20 de Febrero propugnó el boicot a la convocatoria electoral y, como ya hizo con la nueva Constitución, mostró su rechazo nuevamente al sistema. Junto a ellos, los islamistas conservadores y radicales. Lo cierto es que la participación en las legislativas no superó el 45%, confirmando un mal generalizado de las nacientes democracias árabes: la desafección congénita en torno a los asuntos públicos de una gran parte de la población.
Muchos interrogantes se plantean para el futuro inmediato del país vecino, como cuál será la evolución de la nueva oposición situada fuera de los márgenes de la monarquía ahora que las urnas han dado la victoria al partido más desagradable para la Corona. La monarquía de Mohamed VI entra en la madurez con una sociedad cada vez más consciente de su realidad. Más que nunca queda claro que el futuro de Marruecos estará pilotado por un rey –y el majzén que le rodea– atribulado por tiempos cambiantes que le desconciertan. Con las nuevas elecciones Mohamed VI podría haber ganado algo de tiempo. Pero únicamente eso si sigue mostrándose refractario a escuchar lo que el marroquí de a pie ha comenzado a gritar con vigor juvenil. La tarea que tiene por delante es ingente y necesitará hallar ayuda al norte y al sur de Tarifa.
Antonio Navarro Amuedo
Fuente: intereconomia.com
La nueva Constitución puede ayudar al majzén [élite que dirige el país alrededor de Palacio] a ganar algo de tiempo, pero el país será el perdedor con toda seguridad. Porque, antes o después, este se volverá contra Mohamed VI”. Lo dice sin titubeos Hicham Ben Abdalá, investigador del Center on Democracy, Development and Rule of Law de la Universidad de Stanford. Y, sobre todo, primo hermano de Mohamed VI, rey de Marruecos desde 1999. Ya se han cumplido 12 años de reinado que arrancaron con las promesas de una transición democrática inacabada. Doce años en los que el monarca ha tratado de presentarse ante su pueblo como un líder moderno, cercano y familiar (está casado desde 2002 con Lalla Salma, una universitaria de origen bereber y nacida en Fez con la que tiene dos hijos).
La Primavera Árabe, que sacude desde comienzos de año toda la región, lanzó un aviso claro a las élites dirigentes. Sin llegar a ser masivas, pero inasequibles al desaliento, el país magrebí registra manifestaciones –capitaneadas por un grupo de jóvenes conocido como Movimiento 20 de Febrero– que piden más libertad, el fin de la corrupción y una auténtica democracia. Quieren que las cosas del pueblo estén en manos del pueblo. Que el rey reine, pero no gobierne.
Mohamed VI se dio cuenta pronto de que la cosa iba con él también y se sacó de la manga una nueva Constitución que fue aprobada de forma abrumadora en julio y que deberá sentar las bases de una progresiva transferencia de atribuciones ejecutivas de la Corona al Parlamento. Un año antes de lo previsto, Mohamed VI convocó elecciones legislativas, que se celebraron hace dos semanas. El resultado, inquietante para algunos y muestra de la normalización de la democracia marroquí según otros, fue la victoria del islamismo moderado del Partido Justicia y Desarrollo (Hizb al-Adalah wal-Tanmiyah, en la transcripción del árabe). Fue un triunfo, además, contundente, con el que las autoridades marroquíes pretenden despejar ante el mundo las sospechas de prácticas irregulares generalizadas en los comicios magrebíes.
Como en otros países del norte de África que han celebrado elecciones democráticas (Túnez o Egipto), el islam llega a la política en su versión más pragmática, consciente del cambio social. El nuevo primer ministro marroquí, Abdelilá Benkirane, encarna la domesticación de una parte del islamismo magrebí: de una juventud radical y yihadista a una madurez serena de adhesión al régimen y al jefe del Estado. Su futuro Gobierno tendrá que ser de coalición.
Marruecos bulle al otro lado del Estrecho. Europa y, especialmente, España saben que su futuro pasa en una medida importante por la estabilidad de la puerta de África al Viejo Continente. La inmigración, la amenaza de Al Qaeda en el Magreb Islámico, el futuro del Sáhara Occidental, la cuestión de la pesca y de Ceuta y Melilla son los platos fuertes de una agenda común con una fuerte carga pasional. La hora de la verdad parece acercarse para la Monarquía Alauita, dueña absoluta del poder político. Bienintencionado, pero víctima de un sistema autocrático construido por su padre, Mohamed VI tendrá en sus manos el futuro de un pueblo que quiere subirse al último tren del progreso.
Mohamed VI está preocupado. La Primavera Árabe ha llegado para quedarse. No habrá vuelta atrás. La globalización de las comunicaciones ha actuado como catalizador para un despertar social que exige a los viejos regímenes del mundo árabe su disolución. Desde comienzos de año, tres de las dictaduras surgidas de la Guerra Fría y la extensión de la pax americana –utilizando el término del analista egipcio Tarek Osman– han caído: el Túnez de Ben Ali; la Libia de Gadafi y el Egipto de Hosni Mubarak. Los Gobiernos yemení y sirio pelean por salvarse de la cólera de una sociedad. Manifestaciones con lemas similares se han registrado en Argelia, Jordania o Arabia Saudí. También en Marruecos. Quieren mayor participación, justicia social, libertades y derechos civiles. “Las demandas que en Occidente hemos identificado con la democracia”, asegura Eugene Rogan, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Oxford. Un aviso a navegantes.
Movimiento 20 de febrero
El 20 de febrero se ha convertido en una fecha simbólica para la historia contemporánea de Marruecos. Aquella jornada lluviosa en gran parte del país registró la primera gran convocatoria nacional de manifestaciones celebrada con éxito, con protestas que se producían desde Tánger a Agadir pasando por Rabat, Casablanca y un sinfín de localidades de pequeño y mediano tamaño. El llamado Movimiento 20 de Febrero ha actuado desde entonces como vanguardia de las necesidades del pueblo marroquí. Liderado esencialmente por jóvenes universitarios de extracción urbana y clases medias-altas, el movimiento ha demandado la democratización de la monarquía de Mohamed VI. Los miembros del 20 de Febrero exigen que el rey ceda todas sus atribuciones políticas al Parlamento, el fin de la censura, la defensa de la libertad de expresión, culto y asociación, la desaparición de la corrupción de las élites del país y, en fin, la secularización del Estado. Su mensaje ha sido entendido por todos. También por el rey. El nuevo jefe del Ejecutivo, Benkirane, dice que “les escuchará”.
La vanguardia crítica demanda, en fin, la puesta en marcha de una agenda liberal y democrática para transformar la autocracia consolidada por la Monarquía Alauita –Hassan II durante los 38 años de su reinado– y apenas alterada por su hijo, el actual monarca, de 46 años, al que se le suponía un carácter reformista. Cierto es que los primeros años fueron testigos de la reforma de la mudawana (convertida en un moderno Código de Familia) y la creación de la Instancia Equidad y Reconciliación para la reparación de las víctimas de los años de plomo de Hassan II, que auguraban cambios profundos en el majzén.
Con todo, las protestas del Movimiento 20 de Febrero nunca fueron masivas ni violentas ni comprometieron seriamente a la Policía, que ha actuado, salvo excepciones, con contención. En cualquier caso, la emergente oposición –y el efecto combinado de la Primavera Árabe– logró marcar la agenda del país en tan solo unas semanas.
El monarca alauita actuó con prontitud después de las primeras protestas públicas. Aún tendrá que demostrar si también lo hizo con sinceridad. El 9 de marzo, menos de tres semanas después de las primeras manifestaciones, Mohamed VI sorprendía con la convocatoria de un comité consultivo al que se le encomendaría la elaboración de una nueva Carta Magna. En Marruecos se ha especulado mucho con el contenido de las supuestas llamadas del presidente francés, Nicolas Sarkozy, y la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, al monarca instándole a que actuara para salvar su cabeza y el régimen. Para elaborar el nuevo texto reformista no se convocaría una asamblea constituyente, sino un comité elegido a dedo por el jefe del Estado.
La nueva Constitución, que declara la figura del rey como “inviolable” y no como “sagrada”, refuerza las atribuciones del primer ministro, que, como ya ha ocurrido en esta ocasión, deberá proceder de la fuerza más votada en las elecciones. Además, insta al Estado a emprender una reforma judicial para garantizar la independencia de esta, así como la separación de los tres poderes. La Constitución era aprobada por una mayoría aplastante el primero de julio. Después, el monarca remató su jugada con la convocatoria de las elecciones del 25 de noviembre con vistas a que un nuevo Ejecutivo comience a implementarla.
El 98,5% de los marroquíes inscritos en el censo daba en julio el sí a la Carta Magna llamada a conducir al país a la democracia definitiva. Una cifra demasiado sospechosa. “Se llevó a la gente en los autobuses a votar como si fuera ganado electoral y para que tuvieran claro lo que se quería que entendieran recibieron un sermón dictado por el Ministerio de Asuntos Religiosos, leído el viernes 25 en las mezquitas”, recuerda Hicham Ben Abdalá, el llamado príncipe rojo y primo del rey –y persona non grata en Palacio–, que sigue convencido de que el rey es el mayor obstáculo para la democratización de Marruecos. La oposición al régimen, el 20 de Febrero y los islamistas rechazaron el texto y llamaron a boicotear la convocatoria por su déficit democrático. Como tantas veces, la nueva Carta Magna podría quedar en papel mojado si el monarca, que seguirá teniendo la última palabra en los asuntos de relevancia, carece de la voluntad de desarrollar los cambios introducidos.
La Unión Europea firmó con Rabat en 2008 el Estatuto Avanzado de cooperación, que sienta las bases para la integración de Marruecos en el mercado común y la participación en ciertos organismos comunitarios. Francia y España son dos de los principales socios comerciales del país magrebí. El difunto Hassan II describió a Marruecos con la metáfora de “un árbol que hunde sus raíces en África, pero que respira gracias a sus hojas en Europa”. Su hijo sabe también de la fortaleza que le otorgan los intereses europeos en la estabilidad del país magrebí, pero también ha visto cómo la amistad occidental con socios como Ben Ali, Gadafi o Mubarak se evaporó en cuestión de semanas.
Caldo de cultivo para la protesta
A pesar de la autocomplacencia occidental y de la retórica reformista de Rabat, las condiciones socioeconómicas objetivas de Marruecos no son demasiado distintas de las de países donde la revuelta se convirtió en un clamor mayoritario, como en Egipto, Túnez o Libia. El analfabetismo alcanza casi al 50% de la población, afectando especialmente a las mujeres (entre quienes supera el 60%). La pobreza afecta a la mayoría de los marroquíes. “Las características sociales de Marruecos hacen del país el escenario perfecto para que las manifestaciones deriven en una violencia máxima”, aseguraba el pasado mes de febrero Abubakr Jamai, el ex director del semanario Le Journal Hebdomadaire, una de las revistas más críticas con el majzén, y actualmente exiliado en Estados Unidos después de que la prestigiosa publicación se viera obligada a echar el cierre forzoso.
Pero hay una característica que diferencia esencialmente a Mohamed VI del resto de jefes de Estado del norte de África. Él ostenta el título de príncipe de los creyentes (al Amir al Muminin). Su figura está investida tanto del poder político como del religioso en Marruecos. Cuenta, por tanto, con un componente sagrado que lo diferencia de otras autocracias árabes. Un plus de legitimidad que le ha permitido salvarse de las iras de una población que ha dirigido sus protestas contra la corrupción que le rodea en Palacio y entre la clase política; contra la falta de horizontes y empleos. Sólo el islamismo conservador de Justicia y Caridad (Al Adl Wal Ihsane), el principal movimiento situado fuera del régimen –el majzén le impide participar en las elecciones– y el salafismo, el islam rigorista y radical se oponen abiertamente al citado título de emir de los creyentes.
El islamismo ha sido en los últimos años el único movimiento político opositor a la monarquía de Mohamed VI. Como ha ocurrido en Túnez, donde un partido moderado –Enhhada– ha ganado los primeros comicios tras la caída de la dictadura de Ben Ali, o en Egipto, donde la marca electoral de los Hermanos Musulmanes recogió en las urnas el fruto de muchas décadas de trabajo y resistencia al régimen militar presidido por Mubarak, en Marruecos una parte del islamismo ha sufrido en sus carnes la persecución del régimen. La clase política se ha adaptado de forma acomodaticia al juego de la monarquía sin cuestionar los límites impuestos por esta a la sociedad civil marroquí. Los primeros, las llamadas líneas rojas de la monarquía: la existencia de un islam suní y malekita patrocinado por el Estado; la autoridad política y religiosa del rey y los límites territoriales innegociables del país, incluida, por supuesto, la antigua colonia española del Sáhara Occidental.
Una variopinta sopa de letras –una parte de ella otrora opositora y crítica de la monarquía de Hassan II– de la que forman parte los nacionalistas del Istiqlal (segundos el día 25 de noviembre), la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP) que fundara el histórico Meddhi Ben Barka, el Movimiento Popular o la Unión Nacional de Independientes (RNI) entre otros, se reparte los escaños en la Cámara Baja rabatí. Entre ellos, cómo no, los vencedores en los últimos comicios: los islamistas de Justicia y Desarrollo, que se llevaron 107 de los 395 diputados del Parlamento.
El islamismo ha sido uno de los principales temores de Mohamed VI desde su llegada al trono en 1999. Para combatir la emergencia de formaciones moderadas como el PJD –que ya fue el partido más votado en 2007 y el segundo en número de diputados en el Parlamento–, el rey apoyó la creación del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), que dirigió casi cuatro años Ali Fouad El Himma, amigo íntimo del monarca y antiguo alto cargo de Interior. La oposición pidió en la calle desde comienzos de año su cabeza –un cable de Wikileaks revelaba cómo el antiguo embajador de EE UU en Rabat lo consideraba, tras el rey, “la persona más influyente de Marruecos”–, señalándole como uno de los máximos responsables de la corrupción. Durante varios años se daba como seguro que 2012 sería el definitivo encumbramiento de El Himma que hoy, fuera de la candidatura de la formación que fundó, parece amortizado. En cualquier caso, Mohamed VI lo nombró recientemente consejero real. Por su parte, Justicia y Caridad permanecerá cuestionando la autoridad del rey desde los márgenes del sistema y seguirá alentando la oposición a que el monarca siga gobernando política y religiosamente.
El islamismo yihadista supone el otro flanco desestabilizador para la monarquía. También para Europa. Y para España en particular, país fronterizo con la puerta del mundo árabe-musulmán a la UE. La presencia de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) en el Sahel preocupa mucho. Las porosas fronteras del Sáhara Occidental son un terreno propicio para la eventual expansión de los mercenarios de AQMI. No en vano, la capital turística, Marrakech, fue sacudida el 28 de abril por un sangriento atentado (15 muertos, entre ellos una decena de europeos). En 2003, 45 personas perecieron por atentados en Casablanca.
Balance de las últimas elecciones
Marruecos acaba de celebrar unas nuevas elecciones multipartidistas. Los numerosos observadores internacionales convocados han saludado la transparencia de los comicios, probablemente, más limpios de la historia del país. El Movimiento 20 de Febrero propugnó el boicot a la convocatoria electoral y, como ya hizo con la nueva Constitución, mostró su rechazo nuevamente al sistema. Junto a ellos, los islamistas conservadores y radicales. Lo cierto es que la participación en las legislativas no superó el 45%, confirmando un mal generalizado de las nacientes democracias árabes: la desafección congénita en torno a los asuntos públicos de una gran parte de la población.
Muchos interrogantes se plantean para el futuro inmediato del país vecino, como cuál será la evolución de la nueva oposición situada fuera de los márgenes de la monarquía ahora que las urnas han dado la victoria al partido más desagradable para la Corona. La monarquía de Mohamed VI entra en la madurez con una sociedad cada vez más consciente de su realidad. Más que nunca queda claro que el futuro de Marruecos estará pilotado por un rey –y el majzén que le rodea– atribulado por tiempos cambiantes que le desconciertan. Con las nuevas elecciones Mohamed VI podría haber ganado algo de tiempo. Pero únicamente eso si sigue mostrándose refractario a escuchar lo que el marroquí de a pie ha comenzado a gritar con vigor juvenil. La tarea que tiene por delante es ingente y necesitará hallar ayuda al norte y al sur de Tarifa.
Antonio Navarro Amuedo
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