Me preguntó Nana cómo supe de ellos, cómo me interesé por esta temática de muro-minas-víctimas que tanto me duele por dentro y por fuera. No hay nada como mirar con suma atención lo que nos rodea, para darnos cuenta de todo lo que nuestros propios ojos nos ocultan. Profunda frase de mi amigo Bachir, mencionada tiempo atrás, cuando yo aún escarbaba en las entrañas de los campamentos de refugiados saharauis, buscando responder a mis preguntas existenciales sobre el conflicto político que aplasta lentamente un proceso de independencia al que tiene derecho el pueblo saharaui. Y así fue, le conté a Nana que miré con detenimiento, escuché con atención y entendí que si hay un muro marroquí en el Sáhara Occidental que divide el territorio y al pueblo saharaui en dos, con sus 2.700 km y sus ingentes cantidades de minas terrestres, bombas de racimo y demás munición sin explotar… también habría víctimas. Y me pregunté dónde estaban.
Las busqué y las encontré en las fotos de mi compañero Joaquín Tornero. Mi primer contacto con esas miradas fue las que me crucé con las que él capturó con su cámara tiempo atrás. Y hoy, se lo debo. Le debo estar aquí, inmersa en esta lucha por la defensa de los derechos de las víctimas, comprometida hasta la médula con todas y cada una de ellas, porque fueron aquellas imágenes suyas de las víctimas del Centro Mártir Cheriff las que me impulsaron a querer entrar en esta dimensión, la de comprender, conocer y contar desde mi propia experiencia cómo son sus vidas y cómo se les puede ayudar. Juntos, unidos por la misma motivación y persiguiendo los mismos objetivos con un motor solidario impulsado al unísono, hemos llegado hasta aquí, hasta el más firme compromiso con tantos hombres y mujeres, niños y niñas saharauis que han resultado víctimas del infierno explosivo en que los marroquíes han convertido ambos lados del muro en el Sáhara Occidental.
Creo que ahora soy yo quien se encuentra en la fase de aceptación, esa en la que las víctimas han de enfrentar sus propios miedos para plantarle cara a la realidad sin rencores ni sed de venganza. Y digo que estoy ahora en esa fase, porque me acuerdo de Santiago Cruz y su canción “En tus zapatos”, cuando para presentarla decía que cree que todo se devuelve, que la vida sola se equilibra y que el blues debe cantar a la venganza para expresar lamentos. No sé cómo dar la vuelta a mis pensamientos y desterrar ideas que no quiero tener, viendo a cuantos sufren innecesariamente por explosiones programadas sin reloj, pero con profunda voluntad de dañar. No, no me cabe más que dar puñetazos a veces sobre la mesa esperando tu reacción, esperando una pequeña muestra de solidaridad o de interés por ellos y por su situación. Porque son refugiados saharauis y viven desde hace 38 años en el puro desierto, en el infierno de la hamada argelina donde no se caen los pájaros porque apenas hay. Olvidados. Y, además, tienen amputados sus miembros básicos, heridas en el cuerpo y el alma ardiendo por dentro.
Poco o nada cuesta regalar sonrisas, abrazos, palabras de aliento y de reconocimiento… No todo en esta vida se mide ni se compra con dinero. Devolverle la sonrisa a Chejmami, quitarle la culpa de encima a Mohamed, explicarle a Manfoud que la vida sigue y que es de quien la lucha, o extender la mano a Zaina para que no pase sola su particular calvario… Todo ello es posible. Sólo es necesario que tú también lo quieras y les brindes un minuto y un cachito de tu corazón. Mientras eso ocurre, dejo que ellos me sigan dando tantas razones para recuperar la esperanza en el ser humano, porque ellos lo son, de arriba a abajo, pura esencia, puro ejemplo.
Por ell@s y para ell@s… Dales Voz a Las Víctimas.
© Elisa Pavón
Fuente: Dales Voz a Las Victimas
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