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La dignidad y el desierto

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Campamento saharaui de Dajla, desde las dunas. J. O.

“Visitar los campamentos es un aprendizaje humano inolvidable. Allá he aprendido un poco del lenguaje de la gente del desierto, que tiene semántica de persistencia, fonética de orgullo y gramática de calma”, reflexiona el autor.

Por Jordi Ortiz / La Marea
Este texto está elaborado a partir de reflexiones conjuntas con otros miembros de la comisión sanitaria de APSS con la que viajó el autor a los campamentos.

Breve historia de la indignidad para con el pueblo saharaui
En el sudoeste argelino, cerca de Tinduf, alrededor de 200.000 refugiados saharauis sobreviven en cinco campamentos desde hace más de 40 años. Son los supervivientes y los descendientes de la huida posterior a la ocupación del Sáhara Occidental por parte del Estado marroquí. Cabe recordar que esta huida por el desierto fue dificultada por los frecuentes ataques militares con armamento convencional y químico del ejército de Marruecos, sin olvidar los cientos o miles de desapariciones forzadas efectuadas por el gobierno marroquí.

El enquistado conflicto del Sáhara Occidental es responsabilidad, en gran medida, de la falta de firmeza del gobierno español desde los últimos días de Franco hasta la actualidad. De hecho, el Sáhara Occidental es el último territorio por descolonizar que queda en África. Según Naciones Unidas, la potencia colonizadora continúa siendo España; es, por tanto, la responsable del proceso de descolonización de este territorio. Continúa pendiente el referéndum de autodeterminación acordado por Marruecos y el Frente Polisario en 1991, solución avalada por la ONU y obviada por la comunidad internacional.

La fragilidad actual de los campamentos saharauis
Esta primavera he tenido la oportunidad de estar en los campamentos saharauis en una comisión sanitaria con APSS, una pequeña asociación catalana. Pude comprobar que su población sobrevive gracias a la ayuda internacional de multitud de ONG y de —la allá a menudo cuestionada— ACNUR. Las ayudas internacionales que reciben son cada vez más escasas, lo cual aumenta aún más la fragilidad de la población refugiada. El enquistamiento y la pérdida de actualidad del conflicto estarían llevando a una disminución progresiva de la ayuda humanitaria.

Las remesas exteriores de familiares saharauis (y de las familias no saharauis) con las que han establecido vínculos, por ejemplo, mediante los programas de vacaciones en paz conforman otra parte muy importante de la economía de los campamentos, así como el establecimiento de pequeños negocios (tiendas de comida, de electrodomésticos y móviles, ropa, reparaciones…) y las corruptelas en que participan algunas personas. Desgraciadamente, todas estas formas actuales de subsistencia llevan a búsquedas individuales de solventar las necesidades básicas y a diferencias sociales cada vez más marcadas entre los refugiados.

Estas personas viven en un territorio cedido por el gobierno de Argel, en el que las posibilidades para desarrollar actividades de economía productiva, más allá del pastoreo de dromedarios, cabras y ovejas, son bastante escasas. Todo esto ha llevado a que gran cantidad de ellas, a menudo con formación universitaria, se habitúe a vivir sin realizar trabajos productivos. Esta habituación al asistencialismo lo fomentamos las personas que visitamos los campamentos: lo comprobamos en pequeños detalles como que los niños nos pidieran con frecuencia caramelos o incluso euros. Quienes realizamos tareas de ayuda humanitaria debemos reflexionar sobre las contradicciones en las que caemos, como ocurrió en mi caso: di caramelos y dulces a los niños y adultos mientras participaba en una acción sanitaria para el control de la diabetes.

Respecto a mi anterior visita hace seis años, tengo la sensación de que una parte probablemente minoritaria pero quizá cada vez mayor de la población saharaui está adoptando estéticas y maneras del integrismo islámico. Esta preocupante tendencia la encontramos más entre gente joven, incluso recién llegada de sus estudios en Cuba. De aumentar, esta moda puede aislar a una población acogedora y tradicionalmente abierta al mundo, al espantar la cooperación.

Una población que era nómada hasta hace sólo 50 años se ha ido sedentarizando y consolidando su residencia en esta región argelina, especialmente seca y calurosa. Por ejemplo, en los últimos años ha llegado la electricidad de forma generalizada, así como Internet. Asimismo, a raíz de las lluvias torrenciales de octubre de 2015, muchas casas reconstruidas y construidas ex-novo están utilizando el cemento en mayor o menor medida (en función del dinero que la familia puede invertir). Así, se sedentarizan aún más alojamientos que tenían vocación de provisionalidad, hasta regresar a la tierra anhelada. Al mismo tiempo, los pocos recursos económicos de que disponen las familias refugiadas pueden verse colapsados el día en que el gobierno de Argel deje de regalarles la electricidad y tengan que pagarla.

La dignidad y el desierto
Pese a todas estas dificultades, la población saharaui refugiada me mostró la dignidad de saber vivir en el desierto y de querer volver a su tierra sin la amenaza constante a sus derechos humanos que padecen los que viven en los territorios ocupados por Marruecos. Los saharauis han construido y consolidado su identidad nacional en menos de 50 años, con valores internacionalistas y de solidaridad.

Recibí de ellos la generosidad y la hospitalidad de quienes saben de la importancia de la solidaridad para sobrevivir en un territorio tan inhóspito como es el desierto.

Me transmitieron la paciencia de continuar viviendo allá con esperanza, si bien percibí el riesgo de continuar sobreviviendo sine die de la asistencia internacional, en un territorio que no es el suyo, desierto de posibilidades de economía productiva más allá del pastoreo. Dicha esperanza puede, por tanto, ir truncándose en desidia y apatía.

Admiré su tenacidad de haber construido ciertos servicios educativos, sanitarios y sociales, pese a la precariedad y las grandes dificultades para mantener a largo plazo lo que construyen. En una parte significativa, dichos servicios se han desarrollado gracias a la solidaridad de los pueblos (español, italiano…) y a la formación de varias generaciones saharauis en el exterior (Cuba, Argelia, Libia…).

Visitar los campamentos es un aprendizaje humano inolvidable. Allá he aprendido un poco del lenguaje de la gente del desierto, que tiene semántica de persistencia, fonética de orgullo y gramática de calma.


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