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Las raíces de la rabia en el Rif

Los manifestantes marroquíes tiran piedras contra las fuerzas de seguridad en Imzouren, cerca de Alhucemas. Youssef Boudlal Reuters

Factores económicos, históricos y de salud han convertido a Alhucemas en la capital del descontento en Marruecos

Por Francisco Peregil / elpais.com/internacional

Alhucemas.- En las manifestaciones de Alhucemas (56.000 habitantes) no suele verse una sola bandera de Marruecos. Sin embargo, abundan los símbolos amazigs. Los jóvenes del Rif suelen levantar los tres dedos centrales de una mano, en referencia a los tres elementos que aúnan la cultura bereber: identidad, tierra y lengua. También aparecen, aunque mucho menos, los emblemas de la República del Rif (1921-1926), fundada por Abdelkrim el Jatabi (1882-1963) tras vencer a los españoles en la batalla de Annual. Viendo esas banderas, podría pensarse que no existe ningún apego con el Estado marroquí, o que los manifestantes aspiran a la autodeterminación. Pero ese sería un análisis muy precipitado.

La palabra separatista es un insulto para muchos rifeños. La mayor manifestación que los habitantes de Alhucemas recuerdan en la ciudad se produjo el pasado 18 de mayo, después de que el Gobierno de coalición, formado por seis partidos, difundiera un comunicado en el que acusaba a los líderes de la protesta de actuar bajo intereses “separatistas”. En aquella manifestación, el lema fue: No sois un Gobierno, sois una mafia, en alusión a la frase que Abdelkrim pronunció desde su exilio en Egipto: “¿Sois un Gobierno o una mafia?”.

Antes de seguir conviene aclarar algo. Cuando se habla del Rif se hace referencia al norte de Marruecos. Pero la delimitación exacta no existe, ya que el Rif no está reconocido como entidad administrativa. Existe, eso sí, la región de Tánger, Tetuán, Alhucemas. Hasta hace dos años la capital de la región era esta última. Ahora es Tánger.

“El desplazamiento de la capital administrativa ha agudizado la crisis económica de Alhucemas”, señala un intelectual de izquierdas que prefiere ocultar su nombre. “Los funcionarios que había aquí tenían un sueldo asegurado e incentivaban el consumo en la ciudad. Esa gente se marchó a Tánger, a cuatro horas de Alhucemas. En Tánger se hacen muchísimas inversiones: un puerto, el tren de alta velocidad, muchos hoteles… Pero aquí no llega nada del dinero que se invierte en Tánger”.

Quienes critican las protestas de Alhucemas a menudo alegan que hay otras zonas del país que son más pobres que Marruecos. Muchos rifeños se encogen de hombros. “Allá ellos sí quieren seguir siendo sumisos y vivir en la Edad Media”, indica un simpatizante del llamado Movimiento Popular. Faysal Ouassar, responsable local de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH), cree que la clave está en la historia del Rif. “Hay mucha ira acumulada”.

Todo el mundo en Alhucemas tiene ciertas fechas grabadas en la memoria. Entre 1921 y 1927 el Ejército español empleó en el Rif gases asfixiantes prohibidos y estrenó el gas mostaza. Un ensayo presentado en 2015 en Rabat estudiaba la terrible influencia de esos gases, 90 años después, en las enfermedades cancerígenas de la región. La investigación indicaba que casi el 80% de los adultos y el 50% de los niños enfermos de cáncer atendidos hoy en día en el hospital de oncología de Rabat proceden de la misma zona del Rif bombardeada por la aviación española. De ahí viene una de las peticiones que el Movimiento reclama con más insistencia: la construcción de un hospital especializado en oncología.

El semanario marroquí Telquel resume esta semana la historia de las represiones en el Rif en una frase: “Cada vez que se trata de aplacar los disturbios rifeños, los españoles, franceses o los marroquíes lo han hecho a través de guerras sucias y de una represión brutal”.

En 1958, dos años después de la independencia de Marruecos, las provincias del Rif se sublevaron contra el monarca Mohamed V. El entonces príncipe Mulay Hassan, padre del actual rey, se encontraba al mando de las fuerzas armadas de Marruecos. Desde un helicóptero dirigió la represión donde, según indica desde Francia el historiador Pierre Vermeren, está más que probado que Hassan usó napalm (una especie de gasolina gelatinosa). Vermeren calcula en 8.000 el número de muertos.

Convertido ya en rey, Hassan II volvió a aplastar otra revuelta rifeña en 1984. “Aquella la iniciamos los estudiantes de instituto”, recuerda el activista de Alhucemas Mohamed Moha. “Pedíamos que se legalizaran los sindicatos de estudiantes en los institutos. Yo tenía entonces 16 años. Y aún recuerdo perfectamente las tanquetas que metió en las calles. Metieron en la cárcel a unos 500 jóvenes. Yo fui condenado a dos años de prisión, entre 1987 y 1989. Recorrí 13 cárceles en esos dos años. Desde entonces he soñado mucho con el futuro del Rif. Pero ni en mis mejores sueños imaginé que el pueblo rifeño se iba a unir de forma tan masiva en una protesta como la de ahora”.

Un compañero de militancia de Moha, que prefiere mantener el anonimato, añade: “Nosotros le plantamos cara a Hassan II en los años ochenta. Pero no conseguimos nada. Estos chicos del Movimiento, sin embargo, son más inteligentes que nosotros porque piden cosas concretas que llegan al pueblo: un hospital, una universidad. Nosotros andábamos perdidos con causas internacionales y también en discusiones teóricas como la Guerra Fría, la teoría del socialismo o cómo tenía que ser la relación entre los sindicatos y los partidos. Pedíamos también la independencia de Palestina, pero estos chavales reclaman soluciones a los problemas del día a día”.

Hassan II nunca visitó el Rif y condenó a la región a la pobreza más profunda. La única salida fue la producción de hachís y la emigración. En 1999 llegó al trono su hijo, Mohamed VI, y decidió emprender su primer viaje oficial a Alhucemas. El monarca recibió al hijo de Abdelkrim El Jatabi, le estrechó la mano y le dio un abrazo en señal de reconciliación nacional. Desde entonces, Mohamed VI suele pasar unas semanas del verano en Alhucemas. En 2004 un terremoto mató a 600 personas en esta ciudad y quedó más expuesta, más desnuda y más vulnerable la pobreza de la región. Mohamed VI impulsó la construcción de varias infraestructuras, pero la zona sigue aislada, dependiendo en buena parte de los ingresos de los emigrantes que se fueron al extranjero.

“Con las crisis en Europa se ha cerrado esa válvula de escape que era la emigración”, indica otro intelectual de 50 años que también pide ocultar su nombre. Quedan las remesas de los emigrantes en Europa y la industria del hachís. “Hay decenas de miles de hectáreas sembradas que alimentan a unas 800.000 personas”, señala el historiador Vermeren.

El activista Mohamed Moha explica: “El hachís ha creado una élite que siempre ha estado manipulada y consentida por el Estado. Esa élite, que gana muchísimo dinero sin exponerse al riesgo, vive en Europa, sobre todo en Holanda. Después está la gente de Ketama, que es muy pobre. Allí el 90% de la población es pobre”.

Pero ni las remesas ni el hachís permiten a la mayoría de los rifeños vivir con dignidad. Si no, no habría tanta gente en las calles ni las huelgas generales tendrían una aceptación tan masiva.

Seguimos con la historia de la rabia acumulada. Entre las fechas grabadas con sangre —1926, 1958, 1984— no podía faltar la primavera árabe de 2011. Alhucemas puso las únicas víctimas mortales de Marruecos. Eran cinco jóvenes que murieron calcinados la noche del 20 de febrero en un cajero automático en circunstancias aún no aclaradas.

Y así llega el 28 de octubre de 2015, el día en el que el vendedor de pescado Mouhcine Fikri murió triturado en un camión de basura cuando trató de impedir que le confiscaran la mercancía ilegal. Un desempleado de 39 años, Nasser Zafzafi, subió al estrado de la plaza central y empezó a hablar en voz alta de lo que hasta entonces apenas se cuchicheaba en los cafés: el Gobierno títere a las órdenes del Majzén (Palacio Real), los políticos locales que terminaron enriqueciéndose a costa del pueblo, los abusos de las autoridades… Zafzafi nunca destacó en los estudios y no tenía un discurso muy estructurado. Pero conocía muy bien las lecciones de historia que el pueblo rifeño deseaba escuchar.


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