Anteriormente, había servido como escuela militar de formación profesional para heridos de guerra, pero la necesidad lo convirtió en lo que aún hoy continúa siendo, un centro permanente de atención a los afectados por explosiones de minas y municiones bélicas. Allí las víctimas conviven entre historias compartidas. No todos, pero sí muchos de ellos, resultaron heridos gravemente durante la guerra, en explosiones de minas anti-tanque o anti-persona. Sus amputaciones son severas o han quedado inmóviles de por vida. Una desgracia que ellos sufren de manera distinta cuando ven que llegan al centro nuevas víctimas, ésta vez civiles, que pagan un alto precio por la ambición marroquí de apropiarse del Sáhara Occidental. Ese muro que Marruecos ha construido para dividir el territorio y al pueblo saharaui, 2.700 km. Tienen todo un arsenal de minas y material bélico sin explosionar distribuidos a ambos lados del tristemente conocido como muro de la vergüenza.
Al entrar, a uno se le cae el alma a los pies. La humedad producida por la incapacidad que tiene el terreno de absorber las aguas -por el elevado incide de salinidad que tiene- brota por entre los rincones. Pasillos lúgubres, en penumbra, con puertas y puertas cerradas que hacen entender que detrás de cada una se encuentran historias de vidas rotas. En las habitaciones, que esconden un pequeño habitáculo que hace las funciones de cocina y una estancia reconvertida en hogar, los pacientes están con sus familiares, que han adaptado todo a su incapacidad para que se encuentren lo más cómodos posible, dentro de las enormes limitaciones que tienen en todos los sentidos. Cada una, un drama humano, cada una, una explosión, una víctima, un recuerdo que permanece y que cada cual expresa como puede. Allí, con ellos compartiendo té, uno piensa que debe ser terrible ser víctima y que tu vida esté condenada a permanecer en una cama o en una silla de ruedas, máxime estando en mitad del desierto, con todo en contra… Pero peor aún es cuando de pronto te das cuenta de que esa maldita explosión no sólo condenó a la víctima, sino también a su familiar o familiares, porque estar en el Mártir Chahid Chreif es estar alejado del mundo, es dedicarte por completo a la atención y al cuidado de un ser querido que te necesita. Dejar tu vida para dedicársela a quien quieres.
Y duele saber que están allí, a veinte minutos en todoterreno del centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis, Rabuni, consumidos por la miseria impuesta por la injusticia y la avaricia de quienes les usurparon no sólo la tierra y la libertad, sino también miembros de su cuerpo o funciones del mismo. Los tejados gotean en tiempo de lluvias y mueven las camas -a quien las tiene- para que no se mojen. Y arrecia el siroco y tiemblan las frágiles contraventanas de madera. La arena se cuela por los poros y el olor combinado de todo hace que apriete uno los puños pidiendo que les ayuden a salir de allí. Y sonríen porque saben que les vas a dar voz. Y así será, tendrán voz propia, porque sus historias, sus recuerdos y sus vidas no deben caer en el olvido.
Sirva esta denuncia para dejar constancia de lo que no debe seguir pasando en el Sáhara Occidental, por el muro y las minas sembradas por Marruecos desde el inicio de su ocupación.
Fuente: Elisa Pavón para RASD News
Fotos: Joaquin Tornero
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