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EL SÁHARA DE LOS OLVIDADOS اِل ساارا دي لوس اُلبيدادوس




"Háblale a quien comprenda tus palabras"
"Kalam men yafham leklam"

Muna Hafed, pura vida

Su sonrisa llena el espacio de luz y esperanza. Muna Hafed es la “niña milagro”, porque le explotó entre las manos una bomba de racimo y ella le ganó el pulso. Verla corretear por la arena, jugar con sus hermanos entre bloques de adobe en Birganduz en el campamento de refugiados de Auserd (Tindouf, Argelia), hace que la labor de defender los derechos de las víctimas de las minas marroquíes en el Sahara Occidental cobre una nueva dimensión.  Porque Muna Hafed sólo tenía 4 años cuando jugaba con lo que ella creía que era una pelota en Bil Lehlu, en los territorios liberados del Sáhara Occidental. Pero no era un juguete, era una bomba de racimo. Un artefacto semicircular más pequeño que una lata de refresco que, al abrirse, expulsa durante su trayectoria varios cientos de sub-municiones diminutas a modo de metralla, muchas de las cuales quedan sin explotar constituyendo un riesgo perenne allá donde quedan.
Explosivos remanentes post bélicos de los que existen muchos modelos, pero todos destacan por tener más material metálico que explosivo, con un alto poder destructivo. Grandes o pequeñas, con mayor o menor potencia, más o menos llamativas… Sólo hay una cosa que iguala a todas las bombas de racimo: sus víctimas son civiles. Como Muna Hafed y sus primos, que acompañaban al rebaño de cabras de su familia mientras pastaban en tierra libre, cuando a la pequeña le explotó entre las manos aquella pelota con la que jugaba.
Su madre salió corriendo cuando escuchó la explosión, acompañada casi al tiempo por los gritos y llantos de los niños. “La encontré agachada completamente cubierta de sangre por todas partes. Ella estaba aterrorizada y gritando de dolor”, explica.
Los fragmentos metálicos se incrustaron en varias partes del cuerpo y rostro de Muna, como el dedo pulgar de su pie derecho, los dos pequeños del pie izquierdo, su mano derecha y su cara. Muna tuvo mucha suerte, porque el metal salió despedido en dirección contraria a ella. Si se hubiera dirigido directamente hacia su cuerpo, podría haber muerto. Ahora, ella, sus padres y sus 5 hermanos esperan a que llegue este verano para que Muna viaje a España, donde va a ser operada para retirarle los restos de metralla que, aunque apenas se aprecian, continúan clavados en su cráneo, complicando cada vez más su correcto crecimiento y desarrollo.

Sirva esta denuncia para dejar constancia de lo que no debe seguir pasando en el Sáhara Occidental, por el muro y las minas sembradas por Marruecos desde el inicio de su ocupación.



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