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Estudiar en Argelia, la experiencia desconocida

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“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado.
Un esfuerzo total, es una victoria completa”

Mahatma Gandhi.
“Estudiar en Argelia es una de esas etapas casi obligatoria para todos los niños que hemos nacido en los Campamentos de Refugiados Saharauis, o al menos para estas últimas generaciones. Cuando acabé sexto me hicieron un examen, un examen de un nivel bastante alto para lo que llevaba cursado hasta entonces. Me corregían profesores que ni conocía y llevaba “preparándome” para ese examen quizás desde el primer día que pisé mi colegio” Me relataba Aichetu Lehbib, mi hermana pequeña.
El momento de ir a Argelia a estudiar era de esas decisiones firmes que desde pequeños hemos tomado con tal certeza que pasaba a ser algo normal. Iban a ser nueve meses, largos o cortos según la suerte de qué centro nos tocara de internado y sobre todo de estudios.

Nueve meses lejos de tus padres, de tus amigos y de todo lo que te vincula con tu familia para crecer en otro mundillo totalmente distinto: un idioma distinto, unos compañeros desconocidos y sobre todo tienes que hacerte mayor en un cuerpo miniatura. La responsabilidad de gestionar tus cosas, de estudiar y sobre todo de “aguantar” todas esas pequeñas y grandes dificultades te hace ver que lo difícil nunca está por llegar si realmente crees que vas por el buen camino.

En mi caso, me tocó el norte de Argelia, Mustaganem en concreto, yo era de las más pequeñas del centro, y éramos 178 chicas saharauis viviendo juntas y dos monitoras, dos mujeres que hacían perfectamente el rol de madres para todas aquellas adolescentes. Fue y sigue siendo una de las mejores experiencias que he vivido hasta ahora. Los días antes de partir hacia lo que sería el camino de mi futuro mi madre se dedicó a preparar todo, mi ropa, cuadernos, e incluso mantas porque íbamos a tener camas pero las mantas las teníamos que llevar de casa.
Fueron tres largos días de viaje, en los que sólo se veían lágrimas de tristeza y de emoción a la par; tenía la obligación de irme si quería formarme pero nueve meses lejos de mis padres con 11 años que tenía entonces hacía que en mí creciese la necesidad de hacerlo lo mejor que pudiera.
Llegamos al destino, era un lugar bastante bonito, los argelinos que nos recibieron eran simpáticos y demostraron un gran interés en que todo saliese bien. La primera noche salieron todos (cocineros, porteros, director y maestros) a darnos la bienvenida. Fue entonces cuando sentí que iba por el camino correcto. Los meses fueron pasando poco a poco, incluso los años, y ya en mi cuarto año sólo puedo decir: ”que no importa lo difícil que sea el camino, ni lo oscuro que se vea, siempre queda un rayo de luz que nos guía a hacerlo, lo mejor que podamos”.

Benda Lehbib Lebsir.
Imágenes: Carlos Cristóbal.
Fuente: 1saharaui


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