Los poetas saharauis Sidi Brahim uld Ishdur, Hamida Abdulláh, Bunana Buseif y Selma Brahim “Belga"
Esta entrada ha sido escrita por Gonzalo Moure, escritor, co-director de Leyuad, un viaje al pozo de los versos y miembro de la Asociación Escritores por el Sahara-Bubisher.
La sala estaba llena. Y los tres directores temblábamos como hojas de talha en pleno siroco. No era ya un festival, tierra de profesionales y buenos aficionados, sino un verdadero estreno. El estreno. En la filmoteca del CGAI. Leyuad echaba a andar donde debe: entre la gente.
En la mesa, la ministra de cultura, Jadiya Hamdi. Una luchadora de la cultura. Empeñada en encontrar la manera de ofrecer salidas culturales a los niños y jóvenes de los campamentos: Escuela de Arte, de Música, Escuela de Cine. Y cómplice del Bubisher para que toda esa actividad intelectual tenga un refugio, un puerto seguro en cada campamento. Y también en la mesa un hombre bueno, comprometido y sólido, brillante y humilde al mismo tiempo: Manuel Rivas. Su presentación fue breve e intensa: viajemos juntos hasta Leyuad, hasta la Tierra de los Hombres del Libro.
Mientras la película reproducía el viaje al pozo de los versos, iniciado en la jaima de su querido Badi Mohamed Salem, Rivas no dejaba de tomar notas. Y después, en el coloquio, las fue desgranando. A veces, el director no se lo ha planteado, pero… Llega a algo que estaba debajo, como el pozo de agua ignorado debajo de los pies. Y así, el escritor nos sorprendió al poner uno de los vértices de la película en la escena en la que el filósofo Belga juega dentro y fuera de la jaima con Mohammed, el único niño presente en el campamento de Leyuad. Suena de fondo la canción del músico Mehdi al bubisher. No canta al proyecto de bibliotecas y bibliobuses, sino al auténtico bubisher, al pájaro de la buena suerte, tueirazueina. Mantiene Manuel Rivas que ese instante es clave, porque el sabio que necesita sentir la tierra en cada lugar del desierto que pisa, que se acuesta y rueda por ella, le propone lo mismo al niño: cuerpo a tierra. Pasado, presente y futuro. Y tiene razón el escritor gallego, porque sin esa renovación la película no estaría completa, porque Limam Boisha vive en el exilio, necesita volver con los poetas mayores hasta el pozo de los versos, pero sin el niño Mohammed ese viaje no tendría sentido. Es esa nueva generación la que tiene que ir sintiendo también la tierra en sus manos y su espalda, o el Sáhara quedará huérfano de cantores y poetas.
Leyuad quiere ser eso. No ya un tratado de erudición sobre la poesía y sus formas, sino un canto a la vida, sin la que la poesía no es más que un “lujo cultural de los neutrales”. La poesía, en la película, toma partido. Partido por la tierra, por la gente, por la relación entre el ser humano y la tierra.


