La primera vez que me hablaron de la escritora china San Mao (Chen Ping) [1] me sorprendió lo querida que era en China, Taiwán y Hong Kong, donde decenas de millones de personas conocen su vida y/u obra, y lo desconocida que era en España, a pesar de que describió con una voz y perspectiva únicas las turbulencias del Sáhara en la década de los setenta.
A lo anterior se une su trágica historia de amor con el español José María Quero (1951-1979) a quien ella llamaba He Xi, “Loto del Oeste”. La vida de esa pareja parecía salida de la ficción, cual terrible creación de W. Shakespeare.
¡Por fin! -exclamé- cuando Ediciones Rata anunció en octubre el feliz acontecimiento de la publicación, por primera vez en Occidente, de la obra cumbre de San Mao “Diarios del Sáhara”, en los que la escritora – una mujer muy adelantada a su época – nos deja un valiosísimo testimonio de los saharauis que habitaron la ex colonia española antes de ser empujados al destierro argelino.
Los Diarios del Sáhara, que llevan títulos como “El esclavo mudo”, “Un restaurante en el desierto”, “Una muñeca vestida de novia” y en “Busca del amor”, han sido vertidos al castellano por Irene Tor Carrogio con la colaboración de Zang Jiechao. Auguro un gran futuro a esta obra maestra.
San Mao, conocida en el extranjero como Echo [2] Chen, se trasladó con su familia a Taiwán en 1949, cuando tenía seis años. Estudió por libre filosofía y literatura. Publicó más de veinte de libros, entre ellos “Diarios del Sáhara” y “Nunca volverá la estación de las lluvias”. Su poema más famoso “El olivo de los sueños”, inspiró múltiples canciones. Fue la traductora de Mafalda al chino.
Lamento no haberme encontrado con esa bella e irrepetible escritora – posiblemente la primera china que pisó el Aaiún en la historia de la humanidad – las dos semanas que pasé en el Sáhara en el verano de 1975. Mi obsesión, siendo estudiante de periodismo, era estar con la guerrilla del Frente Polisario y conocer a aquellos hombres y mujeres que preferían morir antes que arrodillarse ante el rey Hassán II, quien se autoproclamaba descendiente directo del profeta Mahoma.
Su marido José María, jienense que conoció en Madrid siendo un muchacho de dieciséis años, (aunque su relación sería posterior), trabajaba (1974-1975) como submarinista en la empresa española Fosbucra, que explotaba en la ex colonia el yacimiento de fosfatos más rico del mundo. Su misión era vigilar el buen estado de los pilotes del muelle de carga donde atracaban los barcos que exportaban el producto al extranjero.