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EL SÁHARA DE LOS OLVIDADOS اِل ساارا دي لوس اُلبيدادوس




"Háblale a quien comprenda tus palabras"
"Kalam men yafham leklam"

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El dulce encuentro sin cita previa, [a una generación]


Texto: Mohamidi Fakala (periodista y escritor saharaui, que escribe desde los campamentos de refugiados saharauis en el sur de Argelia) / Ilustración: Cuadro de Fadel Jalifa, pintor saharaui / Y..¿Dónde queda Sahara?

A veces las coincidencias encierran un profundo sentir, sobre todo, cuando se trata de algo o de alguien que representa toda una vivencia que aún sigue latente en el corazón de la melodía del recuerdo. Por cierto, toda esta motivación se relaciona con personas, lugares y circunstancias dispares.

En todo caso, es reconocible destacar esa falta de desfallecimiento en la persecución de un sueño, convertido en una concatenación de hechos heredados por tantos otros. Un sueño, lejos de ser perezoso o abandonado a causa de las inclemencias del tiempo, la separación, o el destierro. Toda una relación vivida con apuro para no perder las ligaduras, acuñadas por una eterna amistad y materializadas por el resorte del poder del afecto.

Fue uno de esos encuentros, sin cita previa, que dejaban los planes sujetos a un devenir momentáneo; embebido en el arranque de la precisión del momento. Nada se detenía en la memoria, pero de ella brotaba un flujo imparable, más bien igualable al desplazamiento intranquilo del barco de Balearia, que iba cruzando el Mediterráneo, removiendo sus hélices las olas del norte. En ese diáfano sentido, el influjo tenue se vislumbraba aferrado para sus adentros; aliviándose para apoderarse de sí mismo, como la mismísima noche que poco a poco, se desconocía cómo, se había ido diluyendo entre los albores del día, con la llegada a otro puerto diferente. Un embrujo seductor y sedante, causado quizás por el encuentro, las sinceras conversaciones que giraban en torno a muchas temáticas, coherencia e incoherencia de nuestro tiempo.

Fue más bien una semblanza de un retrato de viejos amigos, a los que la casualidad les tendió su propia jaima de nuevo, pero esta vez sobre el intranquilo oleaje de un desierto de mar, después de tanto tiempo sin poder encontrarse en tierra firme, tanto aquí como allá. No importaba tanto el escenario, lo esencial fue que se mantuvieron encerrados en un estrecho camarote, descarnando el pasado, alrededor de la aromatizada evasión de un excelente té, marcado por la discreción de la tranquilidad de la madrugada.

En aquel arrebato nostálgico no faltaron los nombres de amigos de ahora y de entonces; vivos o muertos; unidos todos por un sublime ideal. Probablemente todo esto no es más que un reflejo inconsciente que las últimas pinceladas de la noche, en aquel largo viaje, quiso testimoniar a su manera.




Sueños del exilio

Lienzo del pintor saharaui Fadel Jalifa

Por Bahia M.H Awah / Ilustración: Lienzo del pintor saharaui Fadel Jalifa / Fuente: Y… ¿Dónde queda el Sáhara? / Texto: Mohamidi Fakala, escritor y periodista reflexiona en verso desde los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.

Sueños del exilio
De esta reflexión en verso que surge desde el largo exilio que padece el alma del desterrado, caso del poeta Mohamidi y de los saharauis, quiero detenerme a pensar en lo escrito por Edward Said: “El exilio no es, después de todo, una cuestión de elección: uno nace en él y le sucede a uno. Pero dado que el exiliado se niega a mantenerse al margen de sus heridas, hay que aprender cosas. Él o ella deben cultivar una subjetividad escrupulosa (ni indulgente ni malhumorada)”.

Sueños blancos durmientes
en los párpados de la noche, temerarios,
delirantes, esgrimiendo las notas de un bohemio.

Despertar de trincheras a solas,
clamando los estribillos de granizos.

¡Ilusionistas héroes entristecidos!,
fuera de las horas de fulgores
con destello de candiles.

El dolor comulga en los tiempos,
aún sin miedo.

El borde del limbo se presta
con murmullos de sujetos desconocidos.

Océano muerto en el influjo
de lejanas olas desérticas con muros.

Un tambor de regocijo
colapsa el temblor de una tímida sonrisa.

Los balcones siguen llevando tu nombre,
y las grietas esconden una melodía
de violín enloquecido.

Corazón mudo ligado a la soberbia,
caldea inquieto el universo.




El viaje en la distancia

Foto Biblioteca de Chej Malainin, Smara: Archivo/Mili en el Sahara

Por Bahia M.H Awah / Texto: Mohamidi Fakala, periodista y escritor saharaui que escribe desde los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia

Por muy larga que sea la distancia siempre ha tenido el valor de una impronta de estaciones dispares que han hecho del viaje una sola trascurrencia, y los pasos jamás se percibieron cansados en la inmensa senda que llevaba a buen arribo. Las llanuras por muy altas que sean terminaban en las crestadas de las dunas, con golpes de los vientos. Y los ríos, morían de sed sin que abandonaron los  cauces, mas también no cambiaban de nombre a fin de dejar las evidencias bien claras. En esa geografía de hechos y accidentes. Nunca faltaron aquellos cuerpos juncos de los hombres del desierto, afanados desde muy temprano en un vaivén por los caminos más lejanos a fin de no alterar los prodigios que la naturaleza les brindaba. En esa concordia con el tiempo, y por mucho que las piedras y las arenas se aunaban en contra, nunca fueron un obstáculo ante todo intento. Las proezas y las enseñanzas sin embargo eran el móvil de una razón, y un apretón de manos igualable a los ladridos de la vida misma. De esa simpleza, que no tenía nada de anacrónica, nació el esplendor del desierto en el corazón de muchos hombres y mujeres, que se agruparon consistentemente entorno a una fe inquebrantable, y una pacificidad aguerrida, que de la misma hicieron un módulo de identidad existencial a pesar de los desafíos.

Una consecuencia humana de pobladores que lograron con el tiempo adentrarse en los lugares menos sondeados del Imperio desierto. Es otra señalización de las rutas inexplorables, pero también como entendimiento de una pasión inevitable. En ese sentido, Los símbolos jeroglíficos, relanzaron las conquistas, abrieron por igual otros caminos. Para que más tarde, en los albores del siglo III a.c. apareciese el abecedario consonántico de los líbicos, que revolucionó en parte el entendimiento, a través de unas líneas que se leían de derecha a izquierda. De esta manera la escritura tifinag dejaba plasmadas las huellas en toda la región desértica. Los orígenes de esta civilización aún se constataban con sus sepulturas bajo un acopio de piedras. Sin embargo, desaparecieron con el tiempo sin juicio ni ruido, pero no antes de haber esculpido sobre relieve de piedras los nombres de los ríos, montes, páramos y pozo de las regiones de Tiris y de Zemur.

Motivados quizás por otros afanes, llegaron posteriormente los primeros ejércitos árabes con su lengua materna. De hecho, se consumaba la conquista del norte de África en el siglo VII por los hombres venidos de la península arábiga. En efecto, la escritura, el conocimiento y las letras se habían expandido por todas las direcciones, como los grandes ejércitos. Y a raíz de toda esa  evolución, se consagraba con el transcurso de los tiempos pactos en aras de conquistas territoriales. Y en 1885 se concretaba de hecho la colonización española a los territorios del Sahara Occidental.




El juego del viento


Texto de Mohamidi Fakal-la, escritor y periodista saharaui desde su exilio en los campos de refugiados saharauis en el sur de Argelia.



Por Bahia M.H Awah / Fuente: Y..¿Dónde queda Sahara?


En comparación con otros vientos, el siroco [1] (el proceso de lucha saharaui) cubre el rostro tanto de día como de noche en un acelerado encuentro con el litoral atlántico, en el que pierde la euforia devastadora que traía del desierto. Asegura la leyenda que no pasaría inadvertidamente sin que sus brazos de gravilla dejaran máculas sobre paredes, pedregales, hombres y matorrales. En su viaje frenético agrieta la costra y levanta el remolino a soplo de efecto sarguia [2] (reaccionario mundo árabe) que se granjea en el pulso de la pobre vegetación del desierto.

En efecto, es el fenómeno natural omnipresente en la vida de los hombres de las nubes y de los vientos. Es la sucesión del tiempo en su propio efecto. Los pobres habitáculos y jaimas del Sahara se levantan en contratiempo para poder seguir erguidas, con el temor a ser atragantadas por la fina arena en un proceso de recesión a causa del embate de los caprichos de los colores del viento. Sin desmesura, caravanas y ciudades del desierto fueron llevadas por el espejismo de la arena, la soledad y el silencio de este gran imperio (la dictadura de la monarquía marroquí) donde no cabe la duda, la traición ni la mentira.

El siroco renace de lo susceptible de los vientos, de los alisios, del color pardo gris del cielo, del mutismo de la tormenta; (las aspiraciones del pueblo) es pues el reflejo simultáneo de la tierra que va perdiendo distancia y altura en contraposición con el horizonte opaco e invisible, (la ONU). Por excelencia el siroco es la otra neblina con ráfagas de calor y de arena, es la válvula de escape del desierto que fluye envuelta de ensueños maravillosos a causa de las bajas presiones del mare nostrum, (Nuestra Revolución).

El siroco impone su propia potestad sobre el terreno en el momento en que entra en desavenencias con el ábrego [3], anuncio para los ganaderos del Sahara en su cielo prodigioso de esperanza, (África y los saharauis).

Con el deseo de mojar los tobillos de afán y resistencia, el siroco persiste como la fuerza indómita que repele todo aquello que huye de su encuentro, (Revolución saharaui).




La Güera


Por Bahia M.H Awah / Fuente: Y...¿donde queda el Sáhara?

Texto de Mohamidi Mohamed Fakal-la, escritor y periodista saharaui desde los Campamentos de Refugiados Saharauis, Tinduf, Argelia. Foto extraida del articulo "El último testigo La Güera", escrito por Jesús Flores Thies. Imagen en la que pone de nota: "Caravana de camellos pasando frente al fuerte. Esta caravana iba protegida por una (mía) de la policía indígena al mando del teniente La Gándara". 

El crepúsculo vespertino desplazaba los últimos vestigios de bruma que enturbiaban la faena de las embarcaciones de los predicadores a primeras horas de la mañana. Varados, en espera, durante la noche, frente al viejo muelle construido sobre el dique de rocas de donde nace el nombre de La Güera. De este modo, todo el mundo esperaba los comienzos de la jornada diurna en la que se veían enfrascados los habitantes, netamente los hombres y mujeres de la mar.

El sol se asomaba, el cielo se levantaba y la tierra se dejaba descubrir en un encuentro eminentemente de tal manera que sus comienzos se veían claramente en la punta de Cabo Blanco. A la altura del acantilado fronterizo, se vislumbraba el mojón número uno, bendecido por una orden colonial y una Cruz que contemplaba el mar y los intermitentes destellos nocturnos del faro principal de las dos ciudades divididas, y unidas por las mismas aguas: La Güera y Nuadibou, respectivamente.

En ese punto de encuentro, uno se quedaba ilusionado y a la vez apasionado por el embrujo que poseían estas tierras que miraban hacia el sur, apaciguadas por tibias aguas saharianas. Por cierto, en esos momentos, los pescadores lanzaban sus cañas con acierto y prontitud a fin de volver con buen pescado, antes del cierre de la panadería de Joaquín Bravo y del economato de víveres que proveían mensualmente los buques: La Gomera, León y Castilla, con sus altas chimeneas y bramidos, todavía en alta mar, levantaban en un grito de júbilo a la población, después de tanta espera.




El tambor de Joseifa


Por Bahia M.H Awah / Fuente: Y...¿donde queda el Sáhara?
Texto del periodista y poeta Mohamidi Faka-la desde su exilio en los campamentos de refugiados saharauis.

Al parecer Joseifa se sentía bien llamada entre el querer de un sentir autóctono de mucho folklore en el que no faltarían los componentes necesarios que acompañaban su linda voz, como el retumbar de un tambor y las cuerdas de una guitarra española que vibraba al son del tímido coro de Maaria, la amiga inseparable de la popular cantante.

Dos mujeres que compartieron luz y sombra a lo largo de toda una vida para dar al verso la prolongación del encanto que alegraba merecidamente los corazones de los hombres y mujeres del Sahara. En contraposición de la amistad y el perfil de cada cual en su mundo artístico, Joseifa se había alzado a solas desde el primer momento en una identificable línea propia y sincera, colmada con coloridos ritmos africanos en una inflexión de encuentro de identidad cultural. En esa formidable dirección continuó invicta cosechando mayores éxitos que dedicaba exclusivamente a sus fieles admiradores.

Simplemente se trataba de una mujer comprometida con la sencillez del arte, tanto en sus habituales presentaciones en público o en bautizos y bodas, con esa particularidad tanto actuando de solista como actuando en grupos para relanzar su música creativa de valor social y artístico con el que satisfacer a sus fieles admiradores.

Joseifa apenas siendo una niña fue mimada por la música del entorno familiar, y más tarde por la fidelidad del sentir común de su ciudad. Una ciudad de muros de cal, de arena y de mucha luz, a la que se sumaba el agua potable de las tres históricas fuentes de la villa. De hecho Joseifa era discípula del arte de sus padres, pero también del orgullo de sus conciudadanos y de un mestizaje cultural de total entendimiento y de prolongada dimensión. En ese contexto, el baile de la “tuiza”, que tan bien protagonizaba Joseifa era un claro mensaje, con un afán de solidaridad y de convivencia de todos los habitantes de las tierras del Sahara.




“Chofilo” de soldado colonizador a revolucionario Polisario

Por el periodista y escritor Mohamidi Fakal-la / Fuente: Diario La Realidad Saharaui, DLRS

Chofilo no se sabía a ciencia cierta si era de Huesca o de otro lugar de Aragón. Parecido misterio ocultó también su auténtico nombre detrás de un apodo. Lo que es seguro es que vino de aquellas frías altitudes, a finales de septiembre, con mochila al hombro y un uniforme de recluta, en el interior de un avión C-130-Hércules. Por cierto, corría 1967, "El año de las firmas " (عام السنيات), por las cuales el Sahara Occidental se convirtió en una provincia más del Estado español. Como la tradición mandaba aún entonces, se relacionaban los años con nombres propios de lo acontecido, fuera esto natural, económico, político o, de otra índole. Y ese año no fue una excepción en la historia del Sahara Occidental.

La diferencia iba mucho más allá en el caso de los amigos de Chofilo, que se mofaban de él con ironía, diciendo que su presencia por estos lares estaba motivada por su incredulidad en los hechos que deparaba el clamor del destino, unas veces en forma de retazos y en otras ocasiones marcaban las evidencias de una aventura, lejos de donde hubiera nacido.

Distinguirlo entre sus compañeros era una quimera, porque todos tenían la cabeza rapada y cantaban a coro el mismo himno de muchachos entusiastas, con el mismo espíritu permanecieron hasta los últimos días en las ciudades de la colonia española, “Sahara Occidental” a pesar de los vientos desfavorecidos.

Con el sentir de tanta perplejidad, Chofilo intentaba reforzar la memoria para poder asociar algún vestigio de aquel sueño idílico de los parajes africanos, que tanto le habían motivado durante los tiempos de adolescencia. Pero la objetividad se convertía en constancia, y la mirada retrocedía igualmente con la misma angustia del silencio del lugar. Silencio interrumpido por las órdenes castrenses que se alzaban sobre todos los mandos de los uniformados, a pocos metros de la escalerilla del avión que aún no ha pagado los motores de un largo viaje. Al margen del ruido de las turbinas, se oían las presentaciones y las ovaciones y las ¡viva! en boca de los hombres recién llegados.




Tetlaa al gaf, concatenando versos

Nueina Djil en 1976, por Christine Spengler

Esta entrada ha sido escrita por la periodista y escritora Conchi Moya / blogs.elpais.com

Desde tiempos inmemoriales los poetas saharauis en hasania han desarrollado una curiosa forma de componer un poema. Se llama tetlaa al gaf y consiste en que un poeta escribe un verso corto, gaf, y reta a otros poetas a continuarlo, haciéndolo más bonito, lo que se conoce como “subirlo”. Acaba cuando llegan a la culminación o clímax poético, en lo que se conoce como agar al gaf, es decir, “esterilizar” el verso, ya que se entiende que nadie podrá componer un verso mejor para añadir al poema.

Se puede lanzar en veladas poéticas; se pueden subir versos desde diferentes lugares del territorio, incluso traspasando las fronteras patrias; se pueden transmitir a través de personas que memorizan el verso y lo recitan en otro lugar, incitando a un poeta a continuar el verso.

Los tiempos cambian y ahora se puede subir un verso incluso desde una red social.
Así, en el día de la mujer, 8 de marzo de 2017, el escritor e intelectual saharaui Bachir Lehdad publicaba un gaf en español a su perfil de Facebook, desde la diáspora en Asturias, lugar donde reside desde hace años.

Bachir Lehdad Dadda:
Tú eres la vida
porque das vida.
Sin ti, no hay vida.

Mohamidi Fakal-la, escritor y poeta saharaui refugiado, vecino de los campamentos del sur de Argelia desde hace décadas, escasamente dos horas después “subía” el gaf de Bachir en un comentario de la publicación.

Mohamidi Mohamed Fakal-la:
Tú eres la vida
porque das vida.
Sin ti
no hay vida.
Sin ti
no hay esperanza
ni respeto
ni decoro.
Eres la vida,
el verso de la vida.




“La primavera saharaui. Escritores saharauis por Gdeim Izik”, un libro para que la llama del Campamento de la Dignidad no se apague


Esta entrada ha sido escrita por Conchi Moya, periodista y antóloga de "La primaversa saharaui".

“La primavera saharaui. Escritores saharauis por Gdeim Izik” es un libro de resistencia, nacido para dar a conocer los sucesos ocurridos en este campamento que reunió a miles de familias saharauis entre octubre y noviembre de 2010, a unos 16 kilómetros al sureste de El Aaiún ocupado, capital del Sahara Occidental.

Durante los dos meses que duró la acampada, cerca de 15.000 jaimas se instalaron en el lugar para apoyar las reivindicaciones del pueblo saharaui contra la ocupación marroquí. Sin embargo, entre el 8 y 9 de noviembre, las fuerzas marroquíes intervinieron en el lugar reprimiendo a quienes se manifestaban, con bombas incendiarias, utilización de chorros de agua ardiendo a gran presión y practicando numerosas detenciones.

Se trata de un conjunto de poemas y relatos, más una cronología, que nacieron de la rabia y la impotencia ante la respuesta violenta de la fuerza policial marroquí frente a saharauis desarmados y que pacíficamente protestaban por sus derechos. Una marea de jaimas que supuso para muchos analistas la chispa de las revueltas que se sucedieron en otros países árabes.

Precisamente en estos días se celebra un nuevo juicio contra los activistas saharauis del llamado Grupo de Gdeim Izik, 24 presos saharauis que llevan varios años encarcelados tras ser detenidos por su participación en el campamento. Organizaciones internacionales, abogados y observadores independientes han denunciado que los presos han sufrido todo tipo de torturas, abusos y malos tratos. Fueron juzgados por primera vez por un tribunal militar (a pesar de ser civiles) en febrero de 2013. De allí salieron sentencias de entre 20 años y cadena perpetua, según los casos.

La motivación que llevó al grupo de escritores saharauis que la llama de Gdeim Izik, que aparece en la portada del libro, no se apague.




El sol en las redes

Mahmud hace té en los territorios liberados del Sáhara Occidental

Ruge el viento tras la lona de la jaima. Hoy ha sido un día más de calor. En su interior, nuestro hombre saca una libreta donde anota recuerdos, inventa historias y relata la vida en el campamento. A veces le gusta pensar cómo era la vida en la ciudad, el ajetreo, el ruido, sus gentes y el olor a mar. Escribe a mano para luego trasladarlo al bloc de notas de su Samsung Galaxy, con paciencia y esmero. Y entonces, cuando todos duermen, mientras los escarabajos excavan túneles en la tierra, camina hasta un lugar elevado en busca de un poco de cobertura. Consigue enviarnos su crónica, su relato, su historia. Memoria viva de todo un pueblo que deja escapar los días en un campamento de refugiados en el más inhóspito de todos los desiertos. Mi admiración y respeto a nuestro compañero, Mohamidi Fakal-la, un valiente caballero del desierto.

Esta entrada ha sido escrita por Mohamidi Fakal-la desde los campamentos de refugiados saharauis.

Las manecillas del tiempo se detienen en la vastedad del desierto, kilómetro tras kilómetro, adentrándose en los parajes de una tierra que desciende lentamente en un encuentro inevitable con las costas atlánticas.

El peso del viaje se nota desde el primer momento en que las ruedas comienzan a girar desde los campamentos de refugiados saharauis en dirección al oeste, al son del rugir del motor del Land-Rover, y con el sabor de las trufas blancas y marrones en el paladar, bendición de las últimas lluvias de otoño.

En el kilómetro doscientos cuarenta los gigantescos focos de un cuartel de las Naciones Unidas son señal inequívoca de que te encuentras en las altitudes del poblado saharaui de Birlehlu, lugar donde fue constituida la República Saharaui en febrero de 1976, tras la apresurada y traicionera salida de España del territorio. A pocos kilómetros, hacia el sur, se divisa la frontera con Mauritania. Y entre dos líneas de demarcación geográfica se constata claramente por el viajero cómo se muere sin prisa el efecto de los aires intranquilos del este, que vienen empujando el vehículo, envuelto en una polvareda de los terraplenes. En un alto en el camino, rodeado de barracones y contenedores, emerge el poblado en los últimos años, y la vida parece florecer de nuevo en el semblante del carnicero, el carbonero, el comerciante, el enfermero, el ganadero y el del maestro. A pesar del adiós a las armas. Sin embargo, las ruinas de la guerra continúan todavía mostrando su feo rostro en las callejuelas y en las paredes del único hospital de la zona. Los restos de minas y de obuses se amontonan en el recuerdo de un antiguo cementerio de chatarra bélica, en torno a un vetusto carro de combate, carcomido por el óxido y el permanente azote de las inclementes tormentas del desierto.




El huerto de los espárragos

El Mubarak, el dueño del huerto de los espárragos cerca de Tifariti, Sáhara Occidental

Esta entrada ha sido escrita por Mohamidi Fakal-la desde los campamentos de refugiados saharauis.

Ruge el viento tras la lona de la jaima. Hoy ha sido un día más de calor. En su interior, nuestro hombre saca una libreta donde anota recuerdos, inventa historias y relata la vida en el campamento. A veces le gusta pensar cómo era la vida en la ciudad, el ajetreo, el ruido, sus gentes y el olor a mar. Escribe a mano para luego trasladarlo al bloc de notas de su Samsung Galaxy, con paciencia y esmero. Y entonces, cuando todos duermen, mientras los escarabajos excavan túneles en la tierra, camina hasta un lugar elevado en busca de un poco de cobertura. Consigue enviarnos su crónica, su relato, su historia. Memoria viva de todo un pueblo que deja escapar los días en un campamento de refugiados en el más inhóspito de todos los desiertos. Mi admiración y respeto a nuestro compañero, Mohamidi Fakal-la, un valiente caballero del desierto.

A poca distancia de Tifariti queda el pequeño poblado sumergido entre el rocoso Ajchach y los ríos secos de Zemour. La vida transcurre sin prisa. Y en medio de la soledad aparece, inesperadamente, la vivienda de El Mubarak. Un barracón modesto, hecho a la medida de la supervivencia, de un hombre curtido y huesudo por el peso de las peripecias, las inclemencias y los años.

La somnolienta paz de 1991, supervisada por las Naciones Unidas, llegaba tras dieciséis años de enfrentamiento bélico con Marruecos. Aún recuerda con angustia aquellos trágicos hechos que dispersaron a la población saharaui a fuerza de napalm y fósforo blanco a fin de vaciar las ciudades, cegar los pozos, conquistar la tierra y garantizar una rápida rendición de los habitantes del territorio.

Sin embargo, para El Mubarak hoy el reto es otro. Así lo aseguraba al borde de la orilla de un río, con los pies todavía enfangados de la recia tierra de los surcos de un huerto, abandonado a causa de la guerra, la desertificación y la negligencia.

Rehabilitar la parcela no resultaría nada fácil, pero había mucho interés en ello. El dueño insistía en que, una vez sobrepasados los baches, todo era alcanzable con éxito. Por ello, su esfuerzo fue loable, incluso identificable con su propia índole. El huerto era parte de la historia contemporánea del lugar. En los tiempos de la entonces provincia del Sahara Español, un amigo de El Mubarak llamado Manuel, de la ingeniería militar en el noreste del territorio, estudió, junto con un canario agrónomo, la posibilidad de poder llevar a cabo un plan agrario de mejora de la tierra, prometedor para la zona de Tifariti, que consistía en cultivar esparragueras, pues la zona era muy fértil. Un proyecto modelo, casi único en su género en todo el Sahara.




Crónicas de un desenlace

En esta entrada voy a publicar un articulo de mi compañero y amigo Mohamidi Fakal-la.

Este relato, que Mohamidi narra en una bonita prosa, la tragedia de un grupo de periodistas saharauis que en su función de informar sobre la batalla realizada en el muro marroquí, sector de Hausa. Fueron bombardeados al inicio del combate donde resulto muerto del sonidista de la Radio Nacional SAID y herido el propio autor del relato.

Crónica de un desenlace.
Entrada la noche en sí misma. Said, se despertó después de reconciliado sueño con el sueño. Abrió los ojos para luego volver a reconciliarse, pero esta vez con un cielo estrellado que cubría el universo. Intentó volver de nuevo al primer estado, pero no podía. Con pereza extendió la mano y alcanzó la grabadora de siempre a fin de romper la melancolía del silencio. Pulso el botón de puesta en marcha y el fresco aire del oeste envolvió la voz de Marcel Jalifa, perdida en las vastas arenas y guijarros del desierto.

Eran unos versos íntimos de despedida a su madre. A través de un canto solitario, la noche rescató al amigo en un intento dorado, no dormido. Mientras que los pájaros se abrazaban el pecho con sus propias alas en las copas oscuras de los árboles, no muy lejos de la muralla, de los tendidos de púas, de las minas antipersonales, de las sedientas acacias que, en pleno verano, parian a fuerza de desgarro y de cálido calor la goma arábiga con que curaban las intoxicadas heridas del fulgor apagado, y al macho enfermo de mal humor.

No hizo caso a todo aquello; ni a los pájaros, ni al tradicional bálsamo, ni al miedo, ni tampoco a la muerte. Quiso navegar en la noche. Encendió disimuladamente una hoguera bajo la manta, para que el sereno castrense no se percatase de la presencia guerrillera. Todo ocurría en un escenario casi compartido por amigos y enemigos. No temía lo que podría suceder, puso la tetera sobre las brasas. Invitó al fotógrafo Ahmed y al camarógrafo Omar. Mientras, que Santo y Brahim Salem, el conductor, dormían después de un piadoso viaje desde el último punto de intersección de la retaguardia hasta la campada.

En silencio insinuó que el cielo intentaba esclarecerse; y dijo con voz apagada: ”tomense el té y despidanse de sus madres”. El amargo vaso, el primero, recordó lo que decía su padre cuando abrevaban el ganado en las mediaciones de Smara:” hijo, que sepas que todo ser humano posee una estrella clavada en el cielo, maravillosamente limpia por haber nacido el mismo día en que cortan con un viejo cuchillo el cordón umbilical del recién nacido, ya sea en el interior de una jaima o en una moderna sala de parto de un hospital. La estrella, sigue ahí, guiando los pasos, la vida, lo encomendado, lo cumplido en lo incumplido, el final de un recorrido.




El caballero de la ciudad

Fotografía de Santiago Barrio de la serie El teatro de las dunas

Ruge el viento tras la lona de la jaima. Hoy ha sido un día más de calor. En su interior, nuestro hombre saca una libreta donde anota recuerdos, inventa historias y relata la vida en el campamento. A veces le gusta pensar cómo era la vida en la ciudad, el ajetreo, el ruido, sus gentes y el olor a mar. Escribe a mano para luego trasladarlo al bloc de notas de su Samsung Galaxy, con paciencia y esmero. Y entonces, cuando todos duermen, mientras los escarabajos excavan túneles en la tierra, camina hasta un lugar elevado en busca de un poco de cobertura. Consigue enviarnos su crónica, su relato, su historia. Memoria viva de todo un pueblo que deja escapar los días en un campamento de refugiados en el más inhóspito de todos los desiertos. Mi admiración y respeto a nuestro compañero, Mohamidi Fakal-la, un valiente caballero del desierto.

Esta entrada ha sido escrita por Mohamidi Fakal-la desde los campamentos de refugiados saharauis.

Descendía de las cimas de las dunas todas las mañanas, en el momento mismo en que los rayos de sol se igualaban a la altura de las raquíticas palmeras de Sidi Buya. Pasaba la noche a solas entre el aullido de los zorros y el amortiguado golpe de las olas en la cara de las dunas. Mugriento y con la chilaba al hombro recorría la ciudad de punta a punta. Y a mediodía llegaba con el rancho en un cubo de metal que recordaba a los del ejército, afincado al borde sur del río, a media legua de la improvisada alcántara de madera por encima de la Saguia en los días de la riada.

Llegaba sudoroso y con ganas de comer en el incómodo furgón -chatarra- abandonado frente a la oficina de Iberia y de correos. Allí se quedaba quieto mirando a los transeúntes, nativos e ibéricos, con la inteligencia de un felino esperando a que alguien saliese con un encomendado o bulto sellado desde la otra orilla del mar, a fin de llevarlo a la espaldas y a cambio de unas pesetas acuñadas con la esfinge del General y el escudo de la metrópoli.

Conocía de sobra a la gente de la ciudad y señalaba sin titubeos con su lengua materna a los forasteros recién llegados, a los reclutas que pisaban por primera vez esas calles. Posaba firmemente con turistas que le pedían un retrato recordatorio de su estancia en el África occidental. Se mostraba siempre tranquilo, comportándose bien con todos, hasta con los ingenuos niños del barrio.




El colorido de los atuendos

Foto: Blog de Chejdan Mahmud

El imponente atuendo de hombres y mujeres saharauis no hay que verlo con tanta simpleza que se encierra en el toque y colorido, únicamente, ni tampoco como un modo de vestir tradicionalmente reservado a momentos festivos.

En efecto, detrás de los 'extravagantes' trajes que hoy vislumbramos con mucha lucidez tanto en el hogar, mercado, oficinas, en puertos y en aeropuertos. De hecho, se esconde con sencillez todo un ideal, una idiosincrasia que representan el simbolismo de una sociedad que emanan sus raíces de una cohesión étnica, religiosa y social, bien definida geográficamente. Con esta máxima se eleva todo un contexto Nacional y racional en torno a unos valores heredados ancestralmente.

Estos nobles cimientos continúan conservados en el seno de la sociedad con cierto celo particular. Y con un aperturismo cara al medio circundante y a la vez tolerante. Gracias en primer término a la erudita enseñanza oral beduina presente con ahínco en el entorno familiar y que refuta categóricamente todo desliz que no honra al ser dentro del conjunto social. Por muy simple que ese hecho parezca anodino.

Este entendimiento bien valorado a lo interno se establece como uno de los parámetros sociales a través de los cuales se identifica con ello potencialmente el acervo cultural que encuentra en los colores un modo de vivacidad.
Es verdad que algunas civilizaciones se difieren de otras en este sentido a causa de sus particularidades políticas, culturales y económicas.

Los colores negro, blanco y azul celeste, identifican claramente la vestimenta tradicional saharaui. Estos colores y coloridos representan por igual una elección al tejido que podría ser de lino o de algodón, en un clima hostil que impone sus propias reglas. El nativo está llamado a refugiarse y parapetarse a fin de no perecer en el silencio de la soledad.

La sobretúnica o como se conoce localmente darraá. Esta vestimenta reservada a hombres, suele ser igualmente de color blanco o azul, amplia, ligera y refrescante. Acompañada de zerual, pantalón, y en ocasiones se compagina con chabadur, camisola larga y estrecha de mangas largas. Para cubrirse del sol y el siroco se utiliza el alzam o turbante, completando el original traje de los hombres del desierto.




El viaje

Cumplidos cuarenta días de la desaparición física de Mohamed Abdelaziz, líder del Frente Polisario y Presidente de la República Saharaui, igualmente seis años atrás abandonó este mundo otro responsable de la organización y el Estado, Mahfud Ali Beiba, y más tarde falleció otra figura política que su nombre se había identificado con el proceso independentista de nuestro pueblo, El Jalil Sid' Emhamed.

La lista de los que ofrendaron su juventud, el tiempo, la comodidad y hasta la vida en aras de la causa, sería imponible nombrarlos aquí con nombre y apellido. Muchos de ellos eran conocidos en la esfera nacional e internacional. Sin embargo, otros se habían ido sin ser reconocidos tanto aquí como allá, pero se fueron con la firme convicción y la nuestra que vivieron de manera sencilla, audaz y honorable. Vinieron humildes y se habían marchado en absoluto silencio. Algunos de ellos por su corta edad y entrega a la causa, ni siquiera reivindicaron la vida. Eran muchos, pero con vuestro permiso, me agradecería citar algunos ejemplos de estos hombres desconocidos.

Hablar de todos ellos es imposible, porque eran demasiados: de diferentes edades, de diferentes rangos, de diferentes batallas, de múltiples altitudes, colores, del norte, del sur y del centro del país. Hombres y mujeres que sus nombres aparezcan escritos en lápidas de martirio: Lehlaui, Abderrahman, Aljafed, Cristián, Buyema, Lualy, Moulud, Baha, Suleiman, Mahmud, Brahim, Luchaá, Mabruk, Sidahmdat, Basiri, Talebbuya, Munina, Salka, Fatma... Todos emprendieron el viaje de no retorno, pero con la convicción absoluta de que la obra de los saharauis será algún día concretizada por todo un pueblo, erguidos sus pies sobre la tierra como frondosos árboles que alientan la vida.

Con el permiso de nuestro amigo Néstor Suleiman, con su pluma queremos homenajear a nuestros desaparecidos, no con ofrendas florales, ni himnos fúnebres, ni lágrimas ni con retratos gigantes. Queremos decirles adiós, a lo simple, a lo humilde, a lo natural, a lo que nos hace a nosotros más humanos y saber reflexionar sobre el inevitable e inesperado viaje del fin de una etapa. Suleiman se refería a este viaje de manera breve, concisa y objetiva en su fascinante relato El tren de la vida. Os invito a subir el tren de Néstor Suleiman y recordarles que tengan prudencia en este largo viaje.

El tren de la vida.
"La vida es como un viaje en un tren, con sus estaciones, sus cambios de vías, sin accidentes. Al nacer nos subimos al tren y nos encontramos con nuestros padres, y creemos que siempre viajarán a nuestro lado, pero en algunas estaciones ellos se bajarán dejándonos en el viaje a solas. De la misma forma se subirán otras personas, serán significativas: nuestros hermanos, amigos, hijos y hasta el amor de nuestra vida. Muchos viajarán y dejarán un vacío permanente. Otros pasan desapercibidos que ni nos damos cuenta que desocuparon sus asientos.




El cubaraui

Se había ido hacía otras tierras con la sensación plena de recuerdos. La infancia había calado en su comportamiento positivamente desde los primeros momentos del comienzo de camino. Sin embargo, no supo a primera vista interpretar con exactitud los embates de la lejanía. Una lejanía bañada en la serenidad de una isla que lleva por nombre. El verde caimán.

Pero en sus entrañas la conmoción iba más centrada en ortodoxia de abuela, con amuleto “protector” con él crecieron los nietos en un ambiente ritual que se apoderó de toda la familia, bajo un sólo techo de la azabache jaima piramidal de la anciana.

En horas de la mañana, en el recinto de la escuela nueve de junio la abuela ordenó, con muchas ganas y una lágrima a punto de brotar, los sencillos bártulos del chaval en el interior del baúl metálico que, adoraba con agrado desde muy temprana edad. El muchacho siguió con calma los preparativos de un viaje que lo llevaría al otro lado del mar. Iba a estudiar con la bendición, decía para sus adentros la mujer. Para ella el frenético momento aludía a un sueño eterno en una tierra ajena y lejana de las rutas de las caravanas, que le premiaron el día de sus nupcias con un baúl y el ajuar en una ceremonia casi ya olvidada.

Lo ajeno es olvido, desgarro y separación. Lo profesaba, sin miedo, en torno a las afables tertulias de té matinales y, aseguraba con certeza que la actual ola de inmigrantes se difiere de los tiempos de ir tras las nubes de los nómadas. Es otra historia inconclusa, todavía por contar.
Sin más comentario, cerró nostalgicamente el cofre. La abuela y el nieto se fundieron en un abrazo de despedida.

Sorprendido por el mar, por una tierra vestida de bejuqueras, palmas que rozaban el cielo, agua de coco y dulce guarapo de caña recién cortada y un olor permanente a humedad.




#SOSSAHARA Crónica de las graves inundaciones (III)

Desde que abandonaron sus ciudades, a los saharauis les ha sido encomendada una doble tarea: Primero, enfrentar a su enemigo que se apoderó de la tierra. Segundo, proteger a la población civil que huía de la ocupación militar, así como de las inclemencias naturales.
En los primeros momentos del desplazamiento poblacional y a temor de las incursiones de la aviación marroquí, se abrieron trincheras y refugios subterráneos. Más adelante levantaron chabolas rudimentarias, que quedaron desperdigadas en los ríos secos y en los páramos del desierto.

Con el cursar de los años y favorecidos por una estabilidad relativa en territorio argelino. Los saharauis, a mediados de la década de los años ochenta, ya tenían sus campamentos organizados y bien administrados en comparación con los primeros años. Entonces, se mejoraron las condiciones de vida sustancialmente y, a la par, fueron sorprendidos por la "fiebre" del barro como materia esencial en la construcción. A pico y pala, levantaron sus casas de adobe, lejos de la tierra de origen. Pero los nuevos hogares no han solventado la solución esperada, eran frágiles e inseguros.

Las pasadas lluvias han despertado de nuevo la preocupación de la gente en aras de un hogar más fiable ante los imprevistos del tiempo.
Mohamed, hombre mayor, que vivió los desafíos del refugio desde finales de 1975 hasta la actualidad. Defendió entre familiares y amigos, y partiendo de las inundaciones de la primavera del 2006, la idea de que es hora ya de comenzar a buscar soluciones factibles en materia de construcción. Después de las lluvias, el mencionado señor se muestra tranquilo al no haber perdido sus bienes, gracias al barracón de zinc y madera que había diseñado con la ayuda de un sobrino suyo, formado en la Habana.




El patio de mi casa

El patio de mi casa: Una mirada desde adentro, bajo el tejado de zinc galvanizado. En ocasiones frío y en otras candente, a lo largo de todo el año. El secreto consiste en que ahorre estaciones a diferencia de otros lugares.
Pero arriba en la azotea nada ha cambiado. En pleno sol de la mañana de octubre" juguetean" a lo instintivo, el viejo gato huraño y las palomas migratorias de anillos de bronce en sus patitas, enumeradas por algún estudioso del ciclo migratorio o por un anónimo fascinado por los correos de antaño.

El "desconocimiento" de las viajantes aves a estas tierras llorosas por agua de otros cielos. Me preocupa considerablemente. Pero por lo visto, las encuentro activas, no ajenas a su mundo natural, sin preocupación ni descuido, rebuscando a su manera las dispersadas migajas de maíz casi confundibles con los granitos de nuestra tierra Sahariana, que invoca en silencio a los santos viajeros de todos los confines.

Por cierto, es un juego contra natura que peligra la vida de las inocentes palomas. Y por mucho que se ajusta el felino a nuestra vida hogareña. Siembre habrá humano temeroso a sus garras, aunque sea en los momentos de juego.

Mohamidi Fakal-la




#SOSSAHARA Crónica de las graves inundaciones (II)

Pintura del artista saharaui Salek Brahim sobre las inundaciones
La situación de los saharauis fue empeorada desde los primeros momentos en que fueron invadidos, a finales de 1975, por el país vecino. Marruecos, en complicidad con España, exmetrópoli del territorio.
A raíz del empuje desenfrenado del ejército real marroquí al Sáhara, gran parte de la población tomó el arduo y largo camino del exilio. Y desde entonces, a hoy día, fueron obligados a vivir en una de las parcelas más dura del desierto de la hammada.

En estos lugares levantaron sus jaimas, en espera de que la comunidad internacional cumpla con sus resoluciones que abogan por el principio de autodeterminación de los pueblos.
El refugio saharaui, es más bien, una tierra pedregosa y descarnada donde la vida resulta sumamente difícil. Más de cien mil personas residen en situación precaria desde comienzos del contencioso saharaui-marroquí.
Dispersados administrativa y territorialmente, en cinco campamentos que llevan el nombre de sus ciudades de origen.

Estos campamentos vuelven a ser noticia en estos días, al ser azotados por fuertes lluvias que se prolongaron por más de una semana. Hecho que acentuó aún más las precarias condiciones en que viven desde hace cuarenta años en territorio argelino.
Cronológicamente, las lluvias e inundaciones que causaron daños humanos y materiales a lo largo de los años de refugio, se pueden resumir de la siguiente manera: la torrencial lluvia del año 1978, las inundaciones de 1987, pasando por el temporal de 1994, sin olvidar las catastróficas lluvias del 2006 y finalmente, las lluvias actuales del 2015.

Mohamidi Fakal-la




#SOSSAHARA Crónica de las graves inundaciones (I)

Con el advenimiento de las primeras gotas de agua las palomas reanudaron su vuelo migratorio y el viejo gato huraño descendió mojado del tejado, sin haberse logrado en su juego encubierto, sus verdaderas intenciones cara a las aves. El felino cansado se quedó durmiendo en el sofá de la esquina, haciendo caso omiso a las inundaciones que se apoderaron de buena parte de la casa.

Las fuertes lluvias se prolongaron hasta muy entrada la noche y, en las primeras horas del amanecer la gente se levantó para contemplar un panorama apreciable donde el agua y el desierto se fundieron en un abrazo intrínseco.
Con la espalda pegada a la fría pared de adobe, uno se refugia plenamente en la penumbra del cuarto menos espacioso que reza en dirección al patio abierto a un cielo totalmente nublado, para encontrar la nueva imagen.

Ese espacio abierto es sin duda el dominador común de cualquier beduino a la hora de reflexión natural o sobrenatural. No es más que una verdadera simbiosis donde lo interno y lo exterior se ven ligados en una plegaria casi inusual.

En el Sahara la lluvia siempre ha sido motivo de inspiración colectiva. Y un canto al aire límpido, empujado por otros cielos y por lejanos mares que se identifican con nuestro pasado y nuestra identidad. Las resecas hojas de la única acacia del patio, crujen bajo nuestros pies enfangados. Por lo tanto, la lluvia del último viernes es un canto de libertad y un motivo para comenzar arar, no en la mar.
Si todas las invocaciones tienen nombre de santo. Por cierto, lo que sucede en lo adelante conviene...

Mohamidi Fakal-la




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